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Se insiste a menudo en la disposición a aprender que debemos mostrar quienes nos dedicamos a enseñar. No creo que existan muchos docentes que discutan la idea, pero estoy convencido de que no todos la interpretamos de igual manera. ¿Aprender qué?, ¿aprender de quién?, ¿aprender dónde? Leer el resto de esta entrada »

No es fácil introducir en los centros educativos, especialmente en los de secundaria, el debate sobre las causas que motivan índices de fracaso más o menos elevados en el alumnado.

Es habitual que los equipos educativos lo achaquen a cuestiones como el interés del alumno, su esfuerzo, su capacidad para aprender, sus hábitos de trabajo, etc. También, a  la actitud de los padres, las circunstancias familiares, el apoyo a la labor del profesorado, etc. Pero pocas veces aceptamos debatir respecto a cuál es nuestra responsabilidad en el resultado que obtienen los alumnos: el papel que ha de ejercer el profesor, las metodologías que utilizamos, la manera de motivarlos, cómo preparamos las clases, las estrategias de aula, la competencia didáctica en la asignatura que impartimos, modelos para afrontar los problemas de convivencia, cómo evaluamos, etc.

Hay compañeros que se ofenden siempre que se plantea este debate, se sienten agredidos, como si alguien pretendiera acusarles de no realizar bien su trabajo, o se les culpara de no cumplir con su deber. No entienden que no se pretende señalar a nadie con el dedo, sino intentar analizar todas las variables que intervienen en el proceso,  descubrir cómo podemos ser más eficaces, qué actuaciones pueden mejorarse o modificarse, para conseguir un mejor rendimiento en el alumnado, y mayor grado de satisfacción en el profesorado.

Los profesores pretendemos que todo el proceso gire en torno a nosotros: la confección de horarios, la asignación de tutorías, la formación de grupos, la distribución de aulas, la selección de materiales, etc., dejando en un segundo plano los intereses y necesidades del auténtico protagonista de la historia, el alumno; es decir, hacemos que se imponga la enseñanza sobre el aprendizaje.  Sin embargo, cuando analizamos los motivos por los que los resultados obtenidos no han sido los que esperábamos, nos quitamos de enmedio, escurrimos el bulto, culpamos a los demás, y casi negamos tener algo que ver con los mismos.

No se resolverán algunos de los problemas más graves de la educación mientras muchos profesores sigamos pensando que los alumnos son sólo una excusa para cobrar nuestro sueldo, y no el motivo principal por el que nos dedicamos a la enseñanza, el primer objetivo al que dirigir todos nuestros esfuerzos.

Mis hijos han estudiado siempre en colegios e institutos públicos, los que les correspondía por proximidad al domicilio familiar. No ha sido una decisión adoptada por pereza, ni condicionada por criterios económicos, de inversión de tiempo, o cualquier otro al margen de los propiamente educativos, sino guiada por un único objetivo: la necesidad de ser coherentes, ya que mi mujer y yo trabajamos en la enseñanza pública.

En alguna ocasión nos hemos planteado si la decisión era correcta o si, por el contrario, esta apuesta por lo público supondría una desventaja respecto a otros chicos que estudiaban en centros concertados. La duda, sin embargo, se disipaba pronto, y siempre después de una sencilla reflexión: si nuestros compañeros trabajan con nuestros hijos de la misma manera que nosotros lo hacemos con los hijos de los demás, ¿qué más podemos pedir?

Imagino que en esto, como en casi todos los órdenes de la vida, la suerte es necesaria, y definitivo el hecho de que a tus hijos les toque un buen profesional de la enseñanza para asegurar el éxito en sus estudios, pero igual en la pública que en la concertada.

Supongo, también, que en el éxito o fracaso del alumno influirá su propia predisposición y actitud ante el estudio, el esfuerzo que realice, y el apoyo que le preste la familia, pero de igual manera en la pública que en la concertada.

Por último, es seguro que algo tendrá que ver en el resultado final del proceso de enseñanza-aprendizaje las aptitudes para el estudio y la capacidad para aprender, pero también esto sirve para la concertada.

Aunque no pongo en cuestión la libertad de cada cual para hacer lo que le dé la gana a la hora de elegir un centro educativo, siempre me ha resultado curioso observar la cantidad de profesionales de la enseñanza pública que optan por centros concertados para sus hijos. Dado que conocemos el medio, ¿será por desconfianza en el propio trabajo y el de los compañeros, o será sólo un intento por evitar perniciosos contagios sociales?


Me apasiona la pedagogía, actividad a la que me dedico profesionalmente.
También me gusta opinar y debatir sobre temas de política y actualidad.
De estos dos intereses, y del deseo de no mezclarlos, aunque estén íntimamente relacionados, nacen estos blogs que te invito a descubrir, y en los que te animo a participar con tus comentarios.

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