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Se insiste a menudo en la disposición a aprender que debemos mostrar quienes nos dedicamos a enseñar. No creo que existan muchos docentes que discutan la idea, pero estoy convencido de que no todos la interpretamos de igual manera. ¿Aprender qué?, ¿aprender de quién?, ¿aprender dónde? Leer el resto de esta entrada »

La escuela, un espacio concebido para la educación del alumnado en el que el protagonismo absoluto corresponde al profesorado, suele premiar la respuesta y censurar la pregunta por creerla subversiva. Leer el resto de esta entrada »

Muchos puristas de la enseñanza, conservadores de las más rancias costumbres de la profesión docente, se molestan cuando se les habla de pedagogía, una disciplina que consideran menor, y de poca utilidad para el ejercicio de su actividad.

La pedagogía, sin embargo, nos propone debatir sobre cuestiones tan interesantes como las distintas maneras de ejercer la enseñanza, en función del modelo de aprendizaje que exijamos a nuestros alumnos. 

Hay profesores que buscan que sus alumnos conozcan todas las respuestas correctas que sean capaces de almacenar en su cabeza sobre diversas disciplinas. El objetivo prioritario de otros es que adquieran la mayor cantidad posible de conocimientos relativos a cada una de las materias de estudio. Los hay que persiguen que sus alumnos contruyan aprendizajes significativos, relacionados con los conocimientos que ya poseen.

La elección de uno u otro modelo de aprendizaje marcará la manera en que enseñemos. En el primer caso, hablamos de conductismo, el alumno se transforma en una especie de recipiente en el que almacenar información, y la clave del proceso está en estimularle a base de refuerzos, hasta conseguir la respuesta deseada. No hay calidad en este aprendizaje, en el que el protagonista principal es el profesor; y las respuestas, que se conocen, pero muchas veces no se entienden, terminan por olvidarse.

En el segundo caso, hablamos de cognitivismo, el alumno adquiere los conocimientos que le transmite el profesor y trata de memorizarlos, para aprobar una asignatura. Es un aprendizaje en el que prima la cantidad sobre la calidad de lo aprendido.

En el tercer supuesto, nos referimos al constructivismo, modelo de aprendizaje en el que el alumno sí es protagonista del proceso, que deja de ser una reproducción mecánica del trabajo de instrucción del profesor, y pasa a ser significativo para el propio alumno. Se aprende pensando, relacionando unos conocimientos con los adquiridos previamente; en definitiva, se aprende a aprender.

Decía Ausubel que “de todos los factores que influyen en el aprendizaje, el más importante consiste en lo que el alumno ya sabe; averígüese esto y actúese en consecuencia”.

¿Deberían los profesores estudiar pedagogía?, ¿Debería la pedagogía estar más presente en los centros educativos?

No es fácil introducir en los centros educativos, especialmente en los de secundaria, el debate sobre las causas que motivan índices de fracaso más o menos elevados en el alumnado.

Es habitual que los equipos educativos lo achaquen a cuestiones como el interés del alumno, su esfuerzo, su capacidad para aprender, sus hábitos de trabajo, etc. También, a  la actitud de los padres, las circunstancias familiares, el apoyo a la labor del profesorado, etc. Pero pocas veces aceptamos debatir respecto a cuál es nuestra responsabilidad en el resultado que obtienen los alumnos: el papel que ha de ejercer el profesor, las metodologías que utilizamos, la manera de motivarlos, cómo preparamos las clases, las estrategias de aula, la competencia didáctica en la asignatura que impartimos, modelos para afrontar los problemas de convivencia, cómo evaluamos, etc.

Hay compañeros que se ofenden siempre que se plantea este debate, se sienten agredidos, como si alguien pretendiera acusarles de no realizar bien su trabajo, o se les culpara de no cumplir con su deber. No entienden que no se pretende señalar a nadie con el dedo, sino intentar analizar todas las variables que intervienen en el proceso,  descubrir cómo podemos ser más eficaces, qué actuaciones pueden mejorarse o modificarse, para conseguir un mejor rendimiento en el alumnado, y mayor grado de satisfacción en el profesorado.

Los profesores pretendemos que todo el proceso gire en torno a nosotros: la confección de horarios, la asignación de tutorías, la formación de grupos, la distribución de aulas, la selección de materiales, etc., dejando en un segundo plano los intereses y necesidades del auténtico protagonista de la historia, el alumno; es decir, hacemos que se imponga la enseñanza sobre el aprendizaje.  Sin embargo, cuando analizamos los motivos por los que los resultados obtenidos no han sido los que esperábamos, nos quitamos de enmedio, escurrimos el bulto, culpamos a los demás, y casi negamos tener algo que ver con los mismos.

No se resolverán algunos de los problemas más graves de la educación mientras muchos profesores sigamos pensando que los alumnos son sólo una excusa para cobrar nuestro sueldo, y no el motivo principal por el que nos dedicamos a la enseñanza, el primer objetivo al que dirigir todos nuestros esfuerzos.

Al hablar de curriculum oculto nos referimos a esa variedad de conceptos, significados, comportamientos, actitudes, modelos de relación, valores, que el profesor transmite de manera no consciente o voluntaria, sin haber sido programados como se programan los contenidos de las unidades que explicamos en clase.

En muchas ocasiones, la influencia de este curriculum oculto en la formación del alumno es más importante que cualquiera de los contenidos conscientemente programados y transmitidos por el profesor.

Cómo abordamos un conflicto en el aula, intentando que del mismo se deriven consecuencias positivas, el estilo de comunicación que fomentamos, ser consecuentes con lo que decimos y hacemos, exigir y autoexigirnos, el respeto en todas sus formas que somos capaces de transmitir, el rigor en nuestro comportamiento, y la profesionalidad y aprecio que mostremos por nuestro trabajo, son cuestiones que nos hacen creíbles frente al alumno, nos prestigian, nos dotan de autoridad y, si los gestionamos adecuadamente, se transforman en propuestas enriquecedoras del proceso de enseñanza – aprendizaje.

Alguien dijo: “las palabras mueven, los ejemplos arrastran”; en nuestra profesión, debería ser ésta una máxima de obligado cumplimiento. A veces, un silencio, una mirada, un gesto cómplice, una breve charla después de clase, una segunda oportunidad que no se ha pedido, escuchar antes de dar por sentado, aclarar si se ha dado por sentado lo que no era, reconocer un error, entregar la nota de un examen en el plazo que se dijo, ser puntuales a la hora de entrar a clase; en definitiva, mostrarse humano y honesto será la mejor enseñanza que podamos ofrecer a nuestros alumnos, y el aprendizaje previo que necesitan para facilitar “los otros” aprendizajes.

Puede parecer excesivo pero, por acción u omisión, seguro que ya lo hacemos y, aunque no seamos conscientes, nuestros alumnos lo aprenden de nosotros.


Me apasiona la pedagogía, actividad a la que me dedico profesionalmente.
También me gusta opinar y debatir sobre temas de política y actualidad.
De estos dos intereses, y del deseo de no mezclarlos, aunque estén íntimamente relacionados, nacen estos blogs que te invito a descubrir, y en los que te animo a participar con tus comentarios.

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