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¿Por qué no aprenden los alumnos?

Posted on: 28 mayo 2014

Jamás he conocido a un profesor que no enseñe, ni a un alumno que no aprenda. Aunque en ocasiones el profesorado se queja de la incapacidad del alumnado para aprender y el alumnado lamenta la incompetencia del profesorado para enseñar, en ningún momento dejamos de aprender los unos de los otros, los unos con los otros. Enseñar y aprender son procesos consustanciales al ser humano, se enseña y se aprende incluso en contra de la propia voluntad. Sin embargo, a pesar de esta certeza, siempre acabamos formulándonos la misma pregunta: ¿Por qué no aprenden los alumnos? 

De entre las muchas respuestas que he escuchado, hay una que me llama la atención por el nivel de consenso que suscita entre el profesorado y por la carga de responsabilidad que otorga, casi en exclusiva, al alumnado: “Porque no estudian”.

No pretendo romper este consenso y estoy dispuesto a admitir que los elevados índices de fracaso escolar que se dan en nuestras escuelas e institutos se deben, principalmente, a la falta de estudio de los alumnos, pero me surge, entonces, una nueva pregunta: ¿Por qué no estudian?

No sirve un “porque no quieren” por respuesta. Demasiado fácil y, en el caso de los alumnos que quieren, pero no pueden, demasiado injusto. Si aceptamos la reflexión del principio y admitimos que nuestros alumnos aprenden sin estudiar en la calle, en casa, con los amigos, la familia, las relaciones que establecen a través de las redes sociales, cuando leen una revista, escuchan música o ven la televisión, tal vez lo que corresponde es reformular la primera pregunta: ¿por qué no aprenden lo que les enseñamos en la escuela o el instituto?aprobar_aprender

Dice Carlos Calvo (1), pedagogo Chileno al que animo a leer, que “…el que enseña deslumbra con el misterio y el que aprende se fascina y sueña…” Y en esa dirección deberíamos trabajar, pero no sé yo si nuestros centros educativos están en estos momentos para misterios, fascinaciones y sueños. ¿Qué misterio puede haber en la exigencia permanente de estudio sin otro fin aparente que el de aprobar un examen?, ¿qué fascinación puede provocar en el alumno el hecho de descubrir que, superada esa prueba, una vez demostrado que se ha estudiado, nadie parece interesarse de verdad por si ha aprendido algo o no?, ¿resulta motivador y pertinente evaluar el estudio y no el aprendizaje? Yo mismo podría recitar todavía teoremas, leyes y principios que memoricé en el bachillerato, que me sirvieron para superar cursos y obtener un certificado académico, pero que nunca aprendí, porque aún hoy sería incapaz de aplicarlos en la práctica. Ésta es la gran tragedia de nuestro sistema educativo, practicamos una educación bulímica (2), “estudia-vomita-olvida”, que no despierta el interés del alumnado ni prioriza los aprendizajes que más contribuirían a su formación como persona, sino que en muchos casos es causa de profundas frustraciones.

Pero qué más da, parece que lo que interesa, de verdad, es que los alumnos aprendan muchas respuestas a preguntas que nunca se harían ni tienen claro para qué le servirán, más allá de para aprobar un examen o una asignatura. No importa que en las escuelas e institutos se formen personas socialmente competentes, libres, críticas, conocedoras de sus derechos y capaces de defenderlos, como de manera hipócrita se repite hasta la saciedad. Nadie cree en serio que la educación deba impulsar la práctica de valores democráticos, de igualdad y justicia, favorecer el desarrollo del pensamiento crítico, o promover el debate, la reflexión y el análisis de ideas.

No nos engañemos más, si nuestros alumnos no aprenden es porque no les interesa lo que les enseñamos, cómo se lo enseñamos, ni los espacios que construimos para enseñarles, auténticos búnkeres que les aíslan del mundo que de verdad viven y les fascina.

Las escuelas e institutos son máquinas de expedir certificados, legitimar éxitos y fracasos, sellar visados que permitan mantener la ilusión de cierta movilidad social, matar la creatividad, unificar lo diverso, silenciar al diferente, expulsar al disruptivo. Vivimos una escuela de mentira y simulación en la que nada es lo que parece, en la que enseñar y aprender tienen poco que ver con lo que se dice que debería ser. Los alumnos, actores secundarios de una obra en la que deberían ser protagonistas, han descubierto la farsa, la gran mentira montada alrededor de su educación y, aunque no sepan explicar la realidad que viven en los centros educativos, ya no aguantan el engaño. Por eso no aprenden lo que les enseñamos.

1. Calvo Muñoz, Carlos. 2012. Del mapa escolar al territorio educativo. La Serena. Edit. Universidad de La Serena.

2. Acaso, María. 2013. rEDUvolution. Barcelona. Paidós.

5 comentarios to "¿Por qué no aprenden los alumnos?"

Interesantes reflexiones. Me quedo con la idea principal de que no aprenden porque no les interesa lo que se enseña.

Como siempre acertadísimos tus comentarios Juan Pedro. Si bien son múltiples y diversas las causas por la cuales nuestros alumnos no estudian, una cosa me parece cierta y desde tiempos inmemoriales: lo que les queremos transmitir no les interesa. De verdad, cuántas y cuántas teorías y teoremas hemos tenido que aprender, que no nos interesaban a nosotros mismos, y que luego no nos sirvieron para nada? Sería muy bueno empezar por preguntarnos qué es lo que los jóvenes alumnos quieren saber, conocer, indagar. Seguramente querrán participar activamente si encontramos respuestas a esas preguntas.

Reblogueó esto en Grupo de innovación e investigación pedagógica "Mestre Ripoll"y comentado:
Por Juan Pedro Serrano:

Joder (con perdón), Pedro. Demoledor. Como para cerrar la paraeta y quedarse en casa.
Es cierto lo que dices, claro. Pero si nos paramos a pensar eso cada día, no podríamos trabajar delante de ellos. Muchas veces se me pasan por la cabeza algunas de estas ideas tuyas; pero, si no las escondo, sentiría que sirve muy poco mi trabajo (¿servirá para algo?), sería incapaz de seguir.
Claro que habría que reflexionar en serio sobre todo esto. Pero, tal como está el sistema, o te haces “insumiso” o acatas. Aparte está, por supuesto, lo que cada uno pueda hacer de innovador, lo que consigamos que cavilen los alumnos.
Pero tengo una duda “existencial” que me planteo a menudo. Mejor dicho, no es realmente una duda; sino que va en contra de muchas voces que oigo. Quizá sea mi desviación científica. Pero, ¿por qué es necesario que todo lo que se aprende sirva para algo? Me gusta conocer, sin motivo; el saber por el saber. Conocimientos que no tienen una utilidad; simplemente, están. Para mí, lo más de lo más, jeje. Claro, que quizá eso no quepa en una mente adolescente.

José Luís, así es. Los intereses del alumnado van por un lado y los programas y metodologías educativas por otro. Es algo así como el análisis de las elecciones que realizas en tu blog, por un lado va el interés de los ciudadanos y por otro distinto el de los partidos políticos y sus dirigentes. Un auténtico desastre.
Erika, estoy de acuerdo contigo, si conociéramos lo que interesa a los alumnos sería más fácil motivarles, animarles a aprender. Pero las escuelas no parecen lugares pensados para que los alumnos aprendan, sino espacios destinados a que los profesores enseñemos. Ése es el verdadero problema.
A.M. gracias por el reblog.
Mónica, estás “perdonada”; es más, se entiende y se agradece tu “exceso” verbal. Te aseguro que tu trabajo sirve y mucho, de la misma manera que sirve y resulta imprescindible el trabajo diario de tantísimos profesores que creen en lo que hacen. Aunque no lo parezca, este artículo no está escrito desde el pesimismo, sino desde la voluntad de plantear un problema que, en mi opinión, condiciona el trabajo docente y animar a encontrar una solución urgente.
En algún momento, los docentes deberíamos aclarar conceptos y saber a qué atenernos; estudiar, saber, aprender, aprobar, no son sinónimos y, en algunos casos, tampoco son conceptos complementarios.

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