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LA AMISTAD

Posted on: 14 mayo 2014

Hoy no es realmente un día excelente para mí. Una sensación de pérdida irreparable y de tristeza me acompaña como el aroma que despide la misma ropa que te envuelve de la mañana a la noche. La vida es un trayecto que se vive en compañía, de principio a fin. Vivimos rodeados de quienes nos arropan y protegen en nuestros inicios, para después tomar el relevo y convertirnos en protectores de quienes queremos y lo necesitan. Amor de padre, de madre, de hermano, de amigo, de amante…Qué más da, amores y afectos son en definitiva lo que nos da fuerza y seguridad en el camino. Afectos que nos ayudan a crecer en lo esencial: en estatura personal y moral.
En estos días he perdido para siempre a un gran amigo. No sólo se ama con intensidad y se siente con desgarro la marcha de alguien ligado a ti con lazos de sangre. El tiempo y las experiencias compartidas conforman ataduras tan potentes que nada ni nadie podrá romper, ni siquiera el paso de los años ni la llegada de otras personas que se instalen en nuestras vidas podrán llenar huecos que definitivamente quedarán vacíos en nuestros corazones.
He acompañado a un gran amigo en su trayecto final hasta la despedida definitiva. Mi amigo estaba realmente muy mal, el deterioro y las enfermedades le impedían ese disfrute compartido de la vida con quienes tanto le queríamos. El nunca me habló de su frustración ni de su dolor, el siempre callaba y me miraba a los ojos transmitiéndome sus sensaciones con todo detalle. Es la ventaja de la amistad, del conocimiento y afecto recíprocos. Sobran las palabras. Mi amigo era muy orgulloso y deseaba un final digno y rápido en su triste y último periodo ya imposibilitado del oído, del movimiento, de buena parte de su visión y un sinfín de achaques más. Eso sí, su cabeza erguida y altiva con esos ojos lánguidos y bonachones, ahora como siempre, contagiaban vitalidad y fuerza extraordinarias.braco-aleman-pelo-corto_4
No sólo fui yo quien le acompañó en el último trance sino también quién asumió la responsabilidad de afrontar ese final necesario. Opté por eso que llaman “eutanasia” para acabar con tanto sufrimiento y angustia vital. El amor a la vida, la amistad y la conciencia de saber cómo están las cosas, cómo se siente el otro, cómo estamos atascados en un viaje sin retorno te dan fuerza para adoptar y mantener decisiones de este tipo.
Tras dudas continuas y prórrogas del desenlace, una tarde gris de octubre, bajo un cielo plomizo y amenazante de lluvia pensé que ya era el momento. Estábamos en la clínica y la suerte echada. Mi amigo quiso vivir y morir en pie y con la mirada al frente. Así lo hicimos. Me abracé a su cuerpo sintiendo el calor de siempre y sus latidos menos potentes que en años anteriores. En este proceso hace su efecto el anestésico en primer lugar. Tras unos segundos su cuerpo cayó desplomado en mis brazos que lo sostuvieron. Cuando la parte letal comenzó su efecto sentí decaer la fuerza de su corazón. Sus latidos antes débiles se tornaron poco a poco imperceptibles. Al final, nada, silencio, quietud y calma infinita.
Somos como pequeños guijarros arrebatados y arrastrados por la fuerza de la corriente de los ríos desde las montañas hasta el mar. Llevan escritos nuestros nombres y su recorrido obedece caprichosamente a lo que ocurre en el entorno y al azar. Llegado el momento la piedra que lleva nuestro nombre queda varada. Final de trayecto.
Mi buen amigo se llamaba Quico. Tuvo una larga y dilatada vida entre nosotros. Nos alegró la existencia hasta que nos dejó. Era muy mayor, tenía casi dieciséis años, un autentico anciano; demasiado para un magnífico ejemplar de braco alemán. Hay personas que, llegado este momento, invadidos por la ira y la no aceptación de la implacable realidad, prometen nunca más volver a tener una nueva amistad de estas características. Grave equivocación. La vida hay que entenderla, asumirla y aceptarla en todas sus dimensiones. Y la muerte es también parte consustancial de la vida. No hay una sin la otra. Es el recuerdo de lo positivo, de la relación, de los encuentros y desencuentros, de la magia en compartir y disfrutar de los buenos momentos lo que nos debe hacer ser conscientes de que la vida es poco más que un soplo, un parpadeo y de que estamos obligados a vivirla con intensidad, con pasión y en armonía con quienes nos rodean y acompañan.
Esta percepción es la que nos da fuerza y perspectiva para la aceptación de la adversidad, para creer en nosotros mismos y para crecer sin tregua hasta el final de nuestra existencia.
Podemos y debemos dar esa dimensión positiva en nuestra relación diaria con quienes nos importan y también con quienes nos son ajenos. Hay que vivir con emoción e intensidad y con más sonrisas que caras largas. Cada momento es irrepetible y muchas situaciones ya no volverán a esa estación en la que solemos esperar esas segundas oportunidades culpándonos, a menudo, por lo que pudo haber sido pero que nunca fue. Seamos valientes y vivamos con más alegría. Veremos el reflejo en los otros y esto, indudablemente, nos reportará más felicidad. También podemos optar por ser unos cascarrabias comportándonos avinagradamente, refunfuñando y protestando por todo, viendo y señalando la peor cara de los otros, no perdonándonos ni perdonando a los demás, rebajándonos y descendiendo a las cavernas de la dimensión humana. Pagaremos el precio obligado con las arrugas prematuras, con las canas anticipadas, ganándonos posiblemente el rechazo u olvido de los otros… ¿Valdrá todo eso la pena, quedar solos y aislados?
Lo que en esta vida no recibe un cultivo diario, las atenciones necesarias o los afectos continuos puede caer en el olvido. Todas estas cosas las aprendemos desde el principio de nuestras vidas, viendo y compartiendo. A menudo lo conseguimos con la ayuda y compañía de los demás, de amigos como nosotros y también, sin duda, con la de esas otras amistades. Como la de mi recordado amigo Quico.

Juan Simarro García. Maestro, pedagogo, orientador escolar en IES, formador de profesores y amigo.

3 comentarios to "LA AMISTAD"

Estimado Juan:
Soy veterinario, y he trabajado varios años como anestesista en el Hospital Veterinario de la Universidad Complutense (Madrid). Por eso puedo decirle que puede estar tranquilo: su amigo Quico ha tenido el mejor final posible, sin ningún tipo de sufimiento. El que cualquiera de nosotros querría para sí mismo, cuando llega esa fase de deterioro vital irreversible…
Por otro lado, tengo que darle la enhorabuena, porque a pesar de la tristeza de este momento, es capaz de ver lo positivo. De quedarse con la esencia de la amistad, como la amistad generosa e incondicional que siempre nos brindan seres como Quico.

Me crié en un pueblo. En mi casa había ganado. En mi pueblo campos labrados y por sus calles siempre correteando niños, perros y todo tipo de “fauna”. A fecha de hoy he vivido más tiempo fuera que dentro de mi pueblo pero conservo buenos recuerdos y una eterna deuda con aquellos entornos naturales, simples y tan preciados en la vida de un niño.
Hoy vivo en un piso urbano clásico, no quise tener perro en un pequeño piso pero la voluntad de mi hijo y el consentimiento de su madre trajeron a casa a Pili, una perra abandonada bastante aguerrida que trajo mi hijo de la perrera. No me gustó pero a fecha de hoy he aprendido a quererla bajo esas miradas perrunas que lo darían todo a cambio de nada.
En lecturas que he utilizado en clase para trabajar la lectura, comprensión y expresión, una te enlazo…
.
http://www.interpeques2.com/trabajos/pequelecturas/pequelecturas2/felizperro.htm
.
…que probablemente conozcas de Antonio Gala. Quico tuvo más suerte que Drake; aceptado y querido…
“…Cuando llegue el difícil trance en el que mi corazón esté cansado de latir, quiero que estés a mi lado.
No digas nunca que no puedes resistirlo ni que suceda cuando tú no estés presente. Todo me resultará más fácil si estás conmigo…”
…vivió en tus manos sus últimos momentos tal como nos relata Juan Manuel Salas, y de la mejor manera como señala Jacobo.

Gracias, Jacobo, por tus comentarios y por reforzarme en una decisión tan necesaria como traumática. En efecto, mi amigo Quico nos proporcionó mucha alegría que intentamos devolvérsela en agradecimientos día tras día. Tienes razón, Javier, en que hay lecturas interesantes que nos ayudan en nuestro trabajo docente a diario para sensibilizar a los jóvenes y cultivar sus emociones.
Los educadores tenemos el defecto de que buena parte de nuestra vida personal y familiar gira en torno y muy determinada por nuestra condición docente. Yo, realmente escribo minirelatos no sólo como una necesidad de expresar mi estado de ánimo y de opinión sobre lo que me interesa o me emociona. Me importa aplicar estas lecturas en el aula como actividad tutorial. He hecho escritos breves para trabajar la convivencia y prevenir el acoso y la violencia escolares. Ya tendré ocasión para filtrar alguno que me ha resultado eficaz. Pero es curioso que con grupos difíciles, analfabetos emocionales que apenas se conmueven con historias de otros jóvenes, les ha impactado esta historia de mi amigo Quico. Les ha interesado y nos ha dado pie para dialogar mucho sobre las amistades, la eutanasia, la ayuda, la colaboración, el respecto, la diferencia…A veces, los amigos nos echan una mano más allá de su propia muerte.

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