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¿Importa la sinceridad?

Posted on: 21 noviembre 2013

Un Argelino, un Chileno-Portugués, un Paquistaní, cuatro Rumanos, un Alemán y doce nacidos en España, de los cuales, dos gitanos y diez payos. Sé que no son suficientes para un récord de diversidad, pero no está mal, ¿verdad?

No llego a todos, no me da tiempo. Diferentes idiomas y culturas, intereses distintos,  disparidad de niveles respecto a la asignatura que enseño, que no es lo que más les importa, pero me empeño en que sea lo que más les interese.

Mi programación es un arma que pende sobre sus cabezas, un documento sin alma que trata de someter y unificar con criterios discutibles un territorio imposible. Un documento inservible, vacío, que hoy, cuando he saludado a Paula, no ha previsto su respuesta. ¿Cómo estás? Hecha una mierda. ¿Y eso? Porque sí, Juan Pedro, porque la vida es una mierda. ¿Pero, qué te pasa?

Eran las ocho y cuarto, todo un día por delante. Van entrando los demás, la charla queda aplazada o suspendida, ¿quién sabe? Levanto la batuta, pretendo iniciar la clase, dos no han traído material, piden una hoja y un boli, tres trabajan un cuaderno diferente, uno ha olvidado su libro, otro no lo encuentra en casa. Y Dani, que se apoya en su mochila cerrada, me mira, sonríe a cuanto le digo, pero se niega a hacer nada desde principio de curso. Otro día que no sale lo que tenía previsto. Les miro, no digo nada, cierro los ojos, respiro hondo y se ríen. Echo mano del plan B.

Cada clase se me antoja un ejercicio insoportable de cinismo. O de rendición, no sé. Por más que intento convencerme y convencerles de lo mucho que me importan, siento que no soy sincero ni conmigo ni con ellos. Después de tantísimos años, sigo instalado en la duda. ¿Qué narices debo hacer?

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7 comentarios to "¿Importa la sinceridad?"

Bufff Ésa es la pregunta del millón. ¿Existe respuesta? Porque si existe y la encuentras, por favor, avísame.
Las mismas “dudas existenciales” que me planteo yo, día tras día.

Es curioso. El curso pasado sentí lo mismo durante casi todo el curso y en mi clase todo el alumnado era de nacionalidad española. Las actitudes de desidia, abandono o rechazo hacia lo que intentaba transmitirles, salvo en el caso de una alumna cuya familia ya la ha cambiado de centro para trasladarla a un concertado, eran muy similares. Mi sensación de derrota también.

Sí, importa la sinceridad con ese tipo de alumnado. No lo tengo tan claro con el profesorado, las familias u otro tipo de alumnado. Pero con un alumnado así sí. Es un alumnado con carencias y privaciones, le ofende el engaño, bastante tiene en su entorno propio como para que le cuenten milongas en otros entornos de los que se sabe excluido tal y como percibe en su obligada asistencia a determinado tipo de centros y aulas que él percibe como frutos de una encubierta exclusión y no estando plenamente convencido de la labor social e integradora que laten en la tinta del proyecto educativo del centro y que rara vez concuerda con sus propios latidos, sentimientos, vida. Este tipo de alumnos solamente tienen una posibilidad en este tipo de centros y es el trabajo de profesores como tú que pueden, necesitan, deben ofrecerles precisamente y en primer lugar sinceridad. Conocimientos, habilidades y destrezas pasan aquí a segundo término. Es prioritaria la asistencia social al desarrollo curricular ordinario; trato personal, proximidad afectiva, orientación social, honradez personal y mucha sinceridad aún ante las más crudas realidades.
Yo trabajé con alumnado de este tipo en centros de este tipo que antes se encuadraban en la entonces denominada Educación Compensatoria. Hablando con algún compañero a este respecto escuché repetidas veces aquello de “…yo soy de ciencias y me pagan para enseñar matemáticas…”. Profesorado que no se daba cuenta de que estaba al frente de una situación educativa no normalizada, extraordinaria y no pocas veces extrema. Profesorado que no entendía o no asumía que precisamente su tarea magistral tan preciada y prestigiada se tornaba inservible ante la precisa tarea formativa que solamente un educador destacado puede llevar adelante, sin reconocimientos, sin agradecimientos y no pocas veces en una triste soledad entre los demás.
Yo solía hacer salidas con jóvenes de quince o dieciséis años que tenía a mi cargo en aquellos tiempos. Grupos reducidos de alumnado procedente de otros centros que no supieron o no pudieron asumirlos en sus agrupaciones ordinarias. Alumnos y alumnas bajo el denominador común de la pobreza, la marginalidad, el entorno socio-familiar deprimido. En las boleras públicas se relacionaban con otros usuarios de forma normalizada, asumiendo turnos y reglas. En las cafeterías tomaban sus cafés en plan tertuliano cuidando modos, formas y apariencias. En el parque cercano al centro solíamos hacer alguna lectura que en la clase se tornaba impracticable.
Era un trabajo duro, yo me cansaba sobre todo por la constante tensión nerviosa que cada día de clase significaba, siempre cerca del conflicto, del enfrentamiento, de la intervención precisa allí donde nada ni nadie intervenía, ni la familia convertida no pocas veces en un problema más.
Cuando pude cambié de destino pero recuerdo de aquella época que la sinceridad era imprescindible en el trato con alumnado de este tipo.

Como amas tu trabajo, debes seguir luchando en la medida que puedas aunque unos se queden cortos y a otros le venga grande el proyecto. En tus manos esta parte de su futuro, una gran responsabilidad, dura pero bonito. Dentro d unos años veras el resultado y seguro que valio la pena. No creo en los polkticos ni en la iglesia, creo en las personas como tu que con empeño pueden cambiarel futuro. Animo !

Mucho ánimo, es lo que te hace falta. ¿De que sirven los objetivos mínimos ante alumnos de tanta diversidad? Realmente ellos tienen otras inquietudes, otras necesidades. Nuestro “curriculum” no es el suyo. Yo misma pongo en duda todo lo que hago estudiar a mi hija (en primero de bachiller), un montón de conocimientos que memoriza y “vomita” en un examen tras otro. Yo me pregunto ¿conocimientos para poner en práctica en que ámbito? Sí es cultura, está claro. Quizás nuestro sistema educativo debiera replantearse, e imitar al finlandés, en el que tienen que aprender a cocinar o arreglar un enchufe, hacer un agujero para colgar un cuadro, etc. Por supuesto además de lenguas, historia, ciencias y filosofía (faltaría más). Me planteo ¿de que les sirve todos estos conocimientos en un futuro? Únicamente para aprobar la selectividad (hoy), poder realizar la carrera que desean (si llegan a la nota de corte). Y en dicha carrera les seguirán enseñando mucha más teoría…. Algo falla

Todo el comentario anterior es de “mangeles”.

Mónica, existe, existe respuesta. Pero deben pensar que no vale la pena invertir en ello, por eso estamos como estamos.
Juanmimen, dramático lo que cuentas. Y muy triste. Con la cantidad de buenos profesionales que trabajan en la pública, no es aceptable que determinados alumnos busquen en otros centros lo que no se nos permite ofrecer en los nuestros. Ánimo también para ti.
Javier, me siento muy identificado con tu comentario. También he escuchado decir a más de un compañero “me pagan por enseñar y punto”, pero eso no es bueno para los alumnos y tampoco para nosotros. Tu trayectoria profesional me recuerda, en parte, la mía y, es cierto, con el paso de los años se recuerdan con cariño e incluso añoranza determinadas etapas profesionales muy difíciles.
Anuska, creo que voy a necesitar un comentario tuyo cada dos o tres días. Lo de cambiar el futuro parece que nos lo ponen más difícil cada día; de hecho, no parece que quienes gobiernan piensen que debe ser esa la función de la educación. Y tratan de impedirlo a toda costa.
Mangeles, lo has explicado muy bien: estudiar y vomitar. No falla algo, fallan muchísimas cosas, pero me temo que quienes deben facilitarnos el marco para que podamos intentar arreglarlas no están por la labor. Sigo teniendo claro en qué consiste mi trabajo y cómo me gustaría realizarlo, pero cada día nos lo ponen más difícil.
Gracias a todxs por vuestros comentarios.

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