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Tontos, escuela, vergüenza

Posted on: 2 septiembre 2013

En mi pueblo había tres tontos oficiales y varios accidentales. Los primeros lo eran por derecho de nacimiento, así se llamaba entonces en aquel lugar de La Mancha a las personas con discapacidad intelectual, cuando aún no se conocía el término y burlarse del diferente era casi un deporte nacional.

Los otros adquirían la condición de tontos después de haber demostrado su incapacidad para aprender lo que podían enseñarnos en aquella mísera escuela en la que, niños y niñas separados, compartimos el miedo, la angustia y el desconcierto de una época terrible.

Florencio, al que todos llamábamos “Buzo”, era el más genuino representante del primer grupo. Vivía solo y en el más absoluto abandono en una casa destartalada que pudo dejar cuando, gracias a las primeras conquistas sociales de la democracia, ingresó en una residencia. La gente se reía de él, le gastaba bromas que ningún otro hubiera soportado y le hacía objeto de todo tipo de burlas. Era fuerte, circunstancia que aprovechaban algunas familias de bien del pueblo para sus particulares demostraciones de caridad: tenerle trabajando de sol a sol a cambio de un plato de comida.

Al segundo grupo pertenecía “Manuel”, un niño con problemas de aprendizaje que el maestro se empeñó en resolver a fuerza de golpes, recurso didáctico muy común en la época. No lo consiguió, pero logró que un día, incapaz de soportar la paliza que le propinaba, se orinara delante del resto de alumnos de la clase. Fue un acontecimiento extraordinario, nos reímos tanto y dio para tantos chistes y chanzas.

“Manuel” abandonó el pueblo en cuanto pudo, cuando todavía era adolescente, y jamás ha vuelto por allí.

Acordarme de esto hoy, el día que iniciamos un nuevo curso, no es casual ni intrascendente. Tiene mucho que ver con una cuestión de conciencia personal: confesar la vergüenza que me produce recordar aquellos hechos que pocas veces compartí, pero que jamás denuncié ni rechacé públicamente. Y explica una decisión profesional. ¿Existe lugar mejor que un aula para mostrarnos respeto, vivir en igualdad, trabajar por la justicia, manifestar solidaridad, compartir, o aprender a aceptar la diversidad cultural?

Dónde, si no es en la escuela, puedo redimir mi culpa y luchar por formar personas que impidan que existan tontos de pueblo, o pueblos tontos que admitan que cualquiera se ría de ellos.

¡Feliz curso, compañerxs!

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6 comentarios to "Tontos, escuela, vergüenza"

Hola Juan Pedro, coincido por completo con tu artículo. Por mi parte estoy investigando en e-learning y he descubierto que entre las personas no existen ni tontos, ni vagos, ni despistados,… esas son etiquetas que hemos inventado para excusar nuestro fracaso al educarles.

Como informático que soy mi opinión es que no hay distintos grados de inteligencia, sino que la inteligencia es una cualidad en si misma. Te lo explico de otra manera: Lo que se de inteligencia artificial me hace pensar que hay una fórmula para generar un “sistema” capaz de aprender y entender el mundo. Ese sistema lo tienes o no lo tienes, pero una vez que lo tienes va a funcionar si o si.

Esta teoría es muy optimista pues significaría que prácticamente cualquier persona (salvo casos extremos, como daños graves en el cerebro), puede llegar a dominar cualquier nivel de aprendizaje. En algunos casos puede que lleve algo más de tiempo, pero yo creo que en otros es solo cuestión de llevarles por el camino correcto. Y el que no conozcamos ese camino no es motivo para menospreciarlos.

Una reflexión más respecto a la educación ¿por que les cuesta aprender a los niños? Quiero decir, si la selección natural ha hecho que adquiramos las habilidades más útiles para la supervivencia ¿poer que no han sobrevivido aquellos que aprenden sin esfuerzo?

Mi propuesta es que si lo han hecho: Aprendemos sin esfuerzo a hablar, a caminar y a distinguir objetos. Es la escuela la que falla, al no adaptarse a la manera natural en la que aprende el ser humano. No es que los alumnos sean tontos, vagos o despistados, sino que algunos modelos educativos son más un muro que una ventaja, que hacen que el estudiante trate de huir de ellos.

Y en otro orden de cosas, he visto que has puesto “compañerxs” al final de la frase, y quería proponerte mi solución personal. Ya puestos a sustituir una letra ¿por que no hacerlo por una vocal, que haga que se pueda leer como se escribe? Por ejemplo, poner “compañeres”. Es una propuesta personal que no se si convencerá, pero creo que tiene ventajas sobre “compañerxs”, y de hecho ya se usa en otros idiomas.

En la escuela de mi pueblo también pasaba lo mismo. Incluso, como abundaban aquellos que pensaban que eran la flor y nata de la humanidad pese a no tener un mínimo de ella, se pergeñaban contra los estudiosos para que el pueblo entero siguiera sumido en la oscuridad intelectual. Cosa difícil es hacer pensar y después, pensar en ser coherente con las propias ideas…

Hola Juan Pedro! Estoy feliz de volver a leer tus comentarios que me hacen recapacitar y reflexionar. Coincido contigo, un profesor puede sacarte adelante o hundirte, todo depende de qué persona sea y no solamente de su curriculum. Es fácil imaginarse que una licenciatura más una oposición aprobada no implican que estés en condiciones de transmitir, de ser un buen “pedagogo”, alguien que busca las mil y una maneras de llegar a tí, hacerte amar tu asignatura, comprenderte, animarte, tener en cuenta tus diferencias, también a la hora de evaluar.
No podemos poner a todos en un mismo saco pero resulta que muchos lo hacen. Y así vemos que el profesor de matemáticas piensa que el mundo gira en torno a las matemáticas y que todos deben llegar al mismo nivel. Y además los exámenes deben ser largos y difíciles para demostrar lo mucho que ellos, los “profes” saben y lo “poco” y “miserables” que son sus alumnos. Así está la cosa…… abrazos!
trabjar

Reblogueó esto en Grupo de innovación e investigación pedagógica "Mestre Ripoll"y comentado:
Juan Pedro Serrano:

En la sociedad, en la escuela y en nosotros mismos hay capítulos incómodos y desagradables que todavía no se han cerrado. En el campo de las relaciones humanas hay tendencias, formas, costumbres…que arrastran al colectivo, en ocasiones, hasta la infamia. Lo curioso es que esta insensibilización nos ha llegado a nosotros mismos y a poco que echemos la mirada atrás, el recuerdo nos trae a la mente situaciones como las que tú has retratado perfectamente. Hemos sido testigos de tantos despropósitos, abusos y bromas de mal gusto. Somos también esclavos de nuestros actos pasados, de nuestros apoyos, de nuestros abandonos y de nuestros silencios. Estamos salpicados puesto que desde nuestra visión actual pensamos que no debimos permitir, debimos enfrentarnos, no debimos abandonar a, deberíamos haber alzado la voz…Pero eso ya pasó y muchos de quienes nos consideramos educadores hemos tratado y tratamos, día a día de ser un poco mejores y de generar confianza y empatía para poder ayudar.
Con tristeza hemos visto y vemos insensibilidades intolerables de “ ciertos educadores” que tratan despectivamente a su alumnado, no saben leer la ansiedad, la tristeza, el dolor y hasta desesperación en los ojos de un joven que te mira a la cara deseando contarte su angustia para que le alivies y miran hacia otro lado lanzando algún improperio. Igualmente desdeñan, desprecian y ningunean el concepto de la diversidad simplificando todo: hay tontos y listos, hay vagos y aplicados, maleducados y educados…Te dicen: a mí dame los segundos, por supuesto.
Ahora, como siempre hay muchos jóvenes que no saben relacionarse y con escalofriante frialdad abusan y permiten el abuso incapaces de meterse en los sentimientos de quienes sufren.
Hay mucho por hacer, con los jóvenes, con sus familias, con el centro educativo y con cada uno de nosotros en particular. Un buen profesor o un buen maestro no lo es porque sepa mucho de Historia, Inglés o Matemáticas, lo es porque sabe tratar, dialogar, negociar, convencer, ayudar, orientar, sugerir, compensar…y no abandonar a quienes más lo necesitan. Lo otro es cosa mucho más fácil y viene en un segundo plano.
No hay tarea más hermosa ni edificante que la Educación.

Jaime, el primer párrafo de tu comentario es definitivo.
Seguro que conoces la teoría de las inteligencias múltiples, me interesa mucho tu referencia a la inteligencia artificial. Tienes razón, hablamos mucho de fracaso de la educación y, tal vez, deberíamos referirnos más al fracaso de la escuela.
Lo del masculino/femenino, no sé cómo lo vamos a resolver. No está nada mal tu propuesta.
Antolomagico, volvemos al pasado, a la educación de las élites (!) y a una mínima alfabetización del resto. Cuanto más aprendemos, más queremos saber y molestos resultamos. No nos lo permitirán.
Saludos, Erika. Tienes razón, muchos profesores están-mos más preocupados por mostrar a nuestros alumnos lo brillantes que somos y cómo dominamos nuestra asignatura que por buscar estrategias que les animen a aprender.
Es cierto, existe demasiado individualismo entre el profesorado, no sabemos o no queremos trabajar en equipo, parcelamos el conocimiento y dificultamos extraordinariamente la tarea del alumno. A veces, pienso que no nos creemos en absoluto eso que tanto nos gusta decir: lo más importante en el proceso de enseñanza-aprendizaje es el alumno.
A.M. gracias por tu reblog.
Juan, me encanta tu análisis. La educación de los sentimientos es una asignatura pendiente en los centros educativos. No se nos prepara para ello, ni sé si los docentes estamos dispuestos a recorrer ese camino. Cuántos alumnos con dificultades de aprendizaje nos evitaríamos si atendiéramos más, como tú indicas, a esas señales que continuamente nos envían desde su silla en el aula.

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