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Violencia inevitable en las escuelas

Posted on: 23 octubre 2012

Ocho y veinticinco de la mañana, diez minutos después de haber comenzado la clase dos alumnos se presentan en el aula, “¿podemos pasar?”, pongo cara de otra vez, tarde; sin decir nada, con un movimiento tal vez exagerado de la mano les invito a entrar. Se dan por aludidos, uno de ellos comenta airado “¡ay, no querrás que vengamos a las ocho!”. Me apetece contestar (no es la primera vez que llegan tarde), pero creo que sería un error hacerlo aquí y ahora, hay tiempo por delante. “Vale, siéntate, por favor, después hablamos”. El otro se dirige hacia su sitio con desgana, arroja la mochila sobre la mesa y, antes de sentarse, propina un ligero codazo al compañero que tiene al lado.

¿Eres gilipollas, tío?

¿Quién es gilipollas, tío?

Tú eres gilipollas, tío. Dirigiéndose a mí: Dile a este gilipollas que me deje en paz, o le parto la cara.

Como ven, un diálogo de altura que evito reproducir en su totalidad. Respiro hondo, pienso en el consejo que hace años me ofreció un compañero (haz lo que tengas que hacer, pero tranquilo) y, aunque les parezca absurdo, mientras intento taponar esta hemorragia emocional que desborda la clase, me acuerdo del ministro del ramo. Ya me entienden.

La realidad que vivimos en las aulas es compleja. La situación que describo, casi una escena cotidiana, es solo un pequeño ejemplo de otras realidades complicadas que otros centros padecen.

La  falta de trabajo, la reducción de sueldos, la subida de impuestos, el alza de los precios, el aumento de gastos, el pago de hipotecas imposibles, la desatención de necesidades básicas y, en general, la pérdida de expectativas, provoca en las familias frustración, estrés, inestabilidad y exclusión social, en muchos casos.

El empobrecimiento de las familias, la inseguridad con la que afrontan el futuro y la modificación de las condiciones de vida que todo ello comporta se manifiesta de manera importante y negativa en sus hijos. Los alumnos reflejan en el aula la  situación inquietante, angustiosa, que sus padres padecen.

Las aulas se convierten en válvulas de escape que muchos alumnos utilizan para equilibrar sus emociones, compensar sus carencias afectivas y neutralizar el déficit de atención que inevitablemente sufren. Las aulas, templos de convivencia, se transforman en campos de batalla, espacios en los que ejercer y resistir la violencia.

¿Estamos preparados para esto?, ¿podremos soportarlo los docentes?

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3 comentarios to "Violencia inevitable en las escuelas"

Qué gran exposición de la realidad. NO, no estamos preparados, ni docentes ni el conjunto de la sociedad, cada día más degradada.
¿que hacer?, no lo sé y menos aún despues de los resultados de las elecciones gallegas. Me pregunto aún que clase de indiviudos somos que ante tanta desfachatez politica, no reaccionamos.
En fin, como se suele decir ¡que dios nos pille confesados¡, la sociedad española es ciega y sorda.

Soy un compañero, con 45 años (y 14 como profesor a las espaldas) . Hoy he sido humillado y agredido verbalmente en mi nuevo centro de trabajo por mis nuevos alumnos. Mis colegas se han limitado a comentarme: “yo también los padecí el curso pasado…”. Cuando he vuelto a casa he estado llorando a escondidas en la ducha… Ahora, mientras decido si me harto de paracetamol o valeriana (o ambas), escribo este comentario. En mi peregrinar por 10 centros de enseñanza he visto y soportado de todo lo que os podáis imaginar, pero la actual degradación de la educación no se puede soportar. Por lo menos, yo no encuentro la manera… Gracias por tu blog. Un saludo.

La verdad, Anónimo, es que la situación actual no invita en absoluto al optimismo; como bien dices, ni por las soluciones que los gobernantes aportan para resolver los gravísimos problemas que padecemos, ni por la reacción de la ciudadanía ante la amenaza de las extraordinarias dificultades que nos acechan. Si a nuestra falta de preparación sumamos el nulo interés de quienes legislan, vamos listos.
Ernesto, tu comentario me ha dejado destrozado. La situación que describes ya la he escuchado otras veces, algo que no sirve de consuelo, desde luego, sino que resulta desolador. Hace algún tiempo, otro compañero me contó algo parecido a lo que relatas. Aconsejar, en estos casos, sirve de poco y tampoco creo que contribuya demasiado a paliar la frustración que debes sentir. Me gustaría decirte que no eres tú quien tiene el problema, aunque seas tú quien lo sufre en primerísima persona, sino un sistema educativo obsoleto, individualista, insolidario, en el que la consigna que impera es la de “sálvese quien pueda”. El problema es de tu centro y de tantas otras escuelas e institutos incapaces de crear grupos de trabajo docente, de apoyo al profesorado, canales de participación que transformen un territorio salvaje en un espacio humano, cercano, solidario. Cómo vamos a enseñar valores, si nosotros mismos somos incapaces de ponerlos en práctica. Un cordial saludo y muchísimo ánimo.

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