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¿Dónde está el límite para un tutor?

Posted on: 22 noviembre 2010

La llamaré X. Fui su tutor hace ya tanto tiempo que es muy probable que no me recuerde, a pesar de que yo nunca la he olvidado. Tenía quince años y un carácter insoportable. Hablaba disparando las palabras, miraba de manera retadora, y era raro el día que no generaba una bronca o se veía envuelta en alguna pelea. Todos la respetaban, chicos y chicas por igual, y ella no discriminaba, si había que llegar a las manos se llegaba, ya fuera con unos o con otras. No era buena estudiante, y parecía importarle todo un bledo pero, en ocasiones, te sorprendía con comentarios cargados de aspiraciones y deseos de alcanzar metas que parecían incompatibles con su actitud hacia los estudios y su comportamiento en el centro.

Con el tiempo llegamos a tener una buena relación, creo que pude contribuir de alguna manera para que controlara un poco sus impulsos y se mostrara más sociable. Llegó un momento en que casi todas las semanas me pedía hora para tutoría; hablábamos de mil cosas, casi nunca de lo que a mí me interesaba, casi siempre de lo que ella quería.

Un día me dijo que tenía algo que contarme, pero que no sabía si hacerlo porque estaba convencida de que me metería en un lío. Siempre le dije que era libre para contármelo o no, pero que no dejara de hacerlo por miedo a meterme en un lío, que eso sólo ocurriría si yo quería.

En varias ocasiones estuvo a punto de decírmelo, pero no lo hizo hasta que no pudo más, o eso imagino. Lo soltó sin rodeos, como si quisiera que pasara rápido: “¿sabes que mi padre me viola?” Debí mostrarme absúrdamente expresivo porque recuerdo que, antes de contestar nada, ella misma volvió a comentar: “sabía que no tenía que decírtelo”. Después, me contó todo.

A partir de esa confesión ocurrieron muchas cosas y, sí, me metí en un lío.

Hablé, en primer lugar, con los servicios sociales del ayuntamiento. El coordinador me brindó todo su apoyo, se prestó a entrevistarse con la alumna, y me pidió que la animara a denunciar a su padre, algo a lo que ella no estaba dispuesta. Cuando le sugerí que fuera él mismo quien realizara la denuncia, con mi apoyo, me explicó las dificultades del caso, y “desapareció”.

X me pidió varias veces que lo  olvidara pero, ahora que lo sabía, me resultaba imposible. Nos quedamos solos, pero denunciamos el caso. A los pocos días la ingresaron en un centro de menores.

Durante varias semanas fui intimidado por los hermanos mayores de X; presionado por la madre, que conocía lo que pasaba en su casa desde hacía años , pero me pedía que retirara la denuncia, y amenazado por el propio padre, que me esperaba a la entrada y salida del centro, así como a la entrada y salida del bar en el que comía con los compañeros, para advertirme de que me mataría si no retiraba la denuncia. Un juez me citó a declarar.

X estaba oficialmente incomunicada con el exterior, pero cada día recibía la visita de sus hermanos, que le “aconsejaban” que se olvidara de la denuncia y volviera a casa. Así me lo contó en alguna de las llamadas que realizaba,  desobedeciendo la orden del juez  y poniéndome en un aprieto mayor del que ya estaba.

Evito los detalles, no es éste el lugar ni el objeto de esta entrada, pero recuerdo aquel curso como el periodo más angustioso de mi vida. Tuvo que pasar algún tiempo para  que dejara de soñar que la familia de X me  perseguía y amenazaba mientras paseaba por la calle o impartía mis clases.

La vi unos años después de todo aquello, se había casado, tenía un hijo, parecía contenta. Otros alumnos, por motivos diferentes,aunque también extra-académicos , han requerido mi atención en estos años. Siempre he tratado de ayudarles, de mediar para intentar resolver sus problemas, pero no  he vuelto a implicarme hasta el punto en que lo hice entonces

Le llamaré Y. Sospecho que algo pasa en casa. Hace unos días vino a clase con la marca del cinturón con el que le habían golpeado en el costado. Parece que no es la primera vez.

¿Dónde está el límite para un tutor?

5 comentarios to "¿Dónde está el límite para un tutor?"

totalmente de acuerdo, ¿hasta dónde debemos implicarnos? yo he vivido varios casos parecidos y es muy difícil no implicarse, porque te están pidiendo ayuda, pero a la vez te topas con las instituciones, ñlas familias, el propio instituto y coges miedo. A veces, parece que nosotros tenemos la llave de todo, pero hay puertas que no podemos abrir porque no somos suerhéroes y vivir al límite de la raya es lo difícil: hasta qué punto debemos implicarnos emocionalmente es lo que más me preocupa. A la hora de la verdad te quedas solo y poco podemos hacer más que animarlos a seguir luchando por su bienestar a veces incluso, aprentándonos el corazón y cerrando los ojos. Si servicios sociales es el primero que pasa de todo nosotros solos no podemos hacer nada.

Es un tema complicado y los límites son difusos. Pero la pregunta es ¿quién lo va a hacer si no el tutor? Yo he vivido algún caso también complejo, de soñar con él, y acabas exhausto y sin ganas de más guerra, o quieriendo decir que tú solo eres profesor, pero es a nosotros a quienes vienen y los únicos que podemos intervenir, porque como dices la mayoría de responsables “pasan”. Rompamos los límites si es por ellos

Es estremecedora tu experiencia.
Creo que actuaste bien pese a todas las dificultades que viviste, y seguro, que gracias a no quedarte con los brazos cruzados, puedes sentirte mejor contigo mismo.
Hay circunstancias en la vida en las que no se puede pasar con indiferencia, hay circunstancias que nos señalan como educadores o nos dejan como simples funcionarios de esos que salen en los chistes. NOs debemos a algo más que cumplir con unas horas. NO sé, es mi opinión: Se educa con las obras, no con palabras.
Te felicito por haber tenido el coraje de acompañar a esa alumna que pedía ayuda a su manera, como podía; por no haber sido indiferente a su dolor y haber actuado de la manera que mejor creías.
Si hubiera más personas con ese coraje podríamos ir avanzando hacia una sociedad mejor.
Un abrazo

Maru, ése es uno de los problemas, que en estas cuestiones es difícil no implicarse, además, emocionalmente y, si los casos no son extraordinarios, por las características del centro en el que trabajas, el tema puede acabar con cualquiera.
Estoy seguro, Eduideas, que muchos de nosotros hemos vivido casos similares al que cuento. Está claro que somos, en muchas ocasiones, la primera, si no la única tabla de salvación de muchos alumnos. No creo que haya alguien a quien un alumno le confiese un problema como éste y renuncie a ponerle remedio, pero me quejo de la soledad con que nos encontramos cuando abordamos temas que, como éste, se supone que han de ser tratados por especialistas y acabamos asumiéndolo como una competencia más.
Definitivamente, habrá que replantearse la cuestión de la formación y las competencias docentes.
Gracias, Olga, no te quepa duda de que me hubiera sentido fatal si no hubiera hecho algo al respecto. Siempre te queda la duda de si fue suficiente y, en mi caso, sinceramente, el miedo a que alguna otra vez alguien te cuente algo parecido. Porque no podría quedarme de brazos cruzados nuevamente.

Sí, esos casos hay que tratarlos con cautela ya qué la gente con esas “aficiones” no suelen ser muy compatibles con la palabra parlamento.

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