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Un día como otro cualquiera

Posted on: 22 octubre 2010

Son las 8.20, los primeros alumnos y alumnas entran en el aula. Aunque es cierto que suelen mostrarse más tranquilos a esta hora de la mañana, no están dormidos. Antes de sentarse, algunos de ellos organizan pequeños corrillos en los que tratan cuestiones de una urgencia y un interés extraordinario, a juzgar por la dificultad para disolverlos y poder empezar la clase.

Consigo que se sienten, me ha ayudadado bastante haber entrado al aula cinco minutos antes que ellos y tener preparadas las diapositivas que utilizaré para trabajar el tema, que ya se proyectan en la pantalla. La clase transcurre sin más sobresaltos que los propios de un grupo de veintiséis alumnos, entre los cuales hay cuatro o cinco que no acaban de entender qué hacen allí sentados a una hora tan temprana, y tres o cuatro más que han tardado un buen rato en descubrir la asignatura a la que asisten. Nada que destacar, salvo algún “siéntate, por favor”, “¿no te parece que ya vale?”, “te aburrirías menos, si hicieras algo”, y un “despierta, que acaba la clase”.

A las 9.15, el conserje me llama por teléfono al departamento, ha llegado la madre de un alumno de mi tutoría, a la que había citado para hablar de su hijo. Es un buen alumno, ningún problema en clase, en casa funciona perfecto, responsable, dedica tiempo a trabajar cada día después de clase. Acordamos animarle para que continúe esforzándose, quedamos en llamarnos si observamos algún cambio.

A las 9.40 recibo a otra madre. Aquí cambia la cosa, el alumno es difícil, problemas de concentración, hiperactividad, importante retraso escolar, etc. Establecemos un par de objetivos que exigiremos al chico en casa y en el instituto, después de un seguimiento de tres semanas, nos reuniremos de nuevo para ver cómo va. Fijaremos dos nuevos objetivos, o cambiaremos de estrategia.

A las 10.06, clase con un 2º de ESO. Lean los dos primeros párrafos de la entrada, y añadan que he debido interrumpirla porque un alumno que andaba “extraviado” por el pasillo ha dado un golpetazo a la puerta abierta del aula, que se ha cerrado produciendo un ruido increíble, casi rompe el pequeño cristal de la misma. Me he asomado para ver quién había sido, y lo he visto, pero corría ya lejos, y lo he dejado para otro momento.

A las 11, el recreo. Camino de la cafetería, donde tomo un cortado junto a otros compañeros, entrego unos papeles en dirección, unas solicitudes para el grupo PAE que  me han enviado unos padres. No más de un cuarto de hora, y vuelvo al edificio.

A las 11.27, guardia de biblioteca. Registro alguna devolución, anoto un par de préstamos, y pongo al día el tablón con noticias y novedades que consideramos interesantes para el alumnado. Me acompañan dos alumnos que han llegado tarde a su clase y, como son reincidentes, el profesor no les ha permitido entrar esta vez. Uno de ellos me pide ayuda y le explico algo que no entiende relacionado con mi materia.

A las 12.21, clase de nuevo; esta vez, con los alumnos de mi tutoría. Me cuesta hacerles entender que no es el momento de hablar de otra cosa que no sea la asignatura que imparto. No obstante, parece que hay alguna cuestión que no admite demora y, ante las protestas de algunos que me recuerdan que siempre les digo que me cuenten cualquier problema que tengan, cuanto antes mejor, dedico cinco minutos a hacer de tutor. Resuelto el asunto, insisto en que es necesario que entiendan que hay un momento para cada cosa, y debemos dedicar el tiempo de clase a lo que toca, y no a debatir sobre otros asuntos. Será hasta la próxima, que volveré a recordarles lo mismo.

A poco de iniciada la clase escucho un portazo en el aula de al lado, dos segundos más tarde, se repite en mi aula el portazo anterior. Vuelvo a salir corriendo y descubro al alumno, el mismo de antes, tratando de ocultarse dos aulas más allá. Esta vez, no lo dejo pasar.

Termino el ejercicio que estaba corrigiendo, pongo faena a la clase, durante unos minutos me sustituye un compañero, busco al infractor, hablo con él pero no entra en razón, un alumno difícil con problemas de idioma y de integración. Repite curso, muy conocido en el centro por los problemas que ha ocasionado en años anteriores. Es el segundo o tercer día que asiste al instituto en este mes y poco que llevamos de curso. Bajamos a jefatura de estudios, se pone nervioso, cuento qué ha ocurrido, lo dejo en el despacho y vuelvo a mi clase. Respiro un par de veces antes de entrar, me doy una vuelta para ver el deber, atiendo las preguntas de los distintos grupos, como se ha hecho un poco tarde, hoy no corregiremos, señalo la faena para el próximo día, suena el timbre, salimos.

A las 13.15 vuelvo al departamento. Hay tres compañeros que hablan del algún alumno al que he dado clase, y me quedo con ellos. Revisamos problemas que han surgido en las clases, sugerimos ideas, realizamos propuestas.

Son las 13.45. Por hoy he terminado, pero sólo  en el instituto. Soy profesor de Inglés.

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3 comentarios to "Un día como otro cualquiera"

Me encanta, parece que estés hablando de mí.
!Qué triste es que al final, ser profesor sea lo de menos!!
mi pregunta es ¿estamos preparados ante tanta diversidad?
¿qué solución le da la sociedad, las instituciones a estas situaciones? que permanezcan en las aulas hasta los 18 años, ¿es la solución correcta? porque esto es lo que se plantean las autoridades…

Sí, Maru, el título también podría haber sido “un día como el de cualquier otro (profesor)”. Y tienes razón, pretendía destacar la diversidad, no sólo del alumnado al que atendemos, sino del trabajo que ejercemos. Somos instructores, educadores, formadores, vigilantes de pasillo o biblioteca, relaciones públicas, administrativos, empleados de oficina de información, colaboradores de servicios sociales, psicólogos…
¿Estamos preparados para tanto? Creo que no. ¿Qué hacen la sociedad, la administración, las instituciones…? Confiar en nosotros, y desearnos suerte, supongo.

[…] Actualizados : Un día como otro cualquiera ¿Celebraste el Día Mundial del […]

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