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El decálogo del profesorado, que no pudo ser

Posted on: 7 diciembre 2009

Hace cinco o seis años se propuso colocar en las aulas del centro en el que trabajo, en lugar visible para todos, un decálogo del alumnado. En él se recogían las diez cuestiones principales que, a juicio del profesorado, debían respetar los estudiantes, para conseguir un mejor ambiente de trabajo en el instituto, y favorecer el proceso de enseñanza. 

Algunos profesores sugerimos poner al lado de este decálogo del alumnado un decálogo del profesorado, en el que se señalaran, igualmente, los diez compromisos principales que asumíamos los docentes, para contribuir a la misma causa, y favorecer los aprendizajes.

El decálogo que se proponía, que no hacía más que adaptar aspectos incluidos en la legislación vigente, decía:

1. Contribuiré, dentro y fuera del aula, a que mis alumnos puedan sentirse respetados y valorados.

2.Valoraré positivamente los esfuerzos de mis alumnos, y los animaré a superarse.

3. Siempre tendré presente que vengo al instituto a enseñar, y a formar personas, y que mi ejemplo de comportamiento es una vía de transmisión de esta formación.

4. Recordaré que los alumnos pueden no saber algunas cosas, equivocarse, u olvidarse de lo que habían aprendido, por lo que responderé siempre a las dudas que tengan.

5. Me relacionaré con mis alumnos de la misma manera que me gustaría que se relacionaran conmigo: con educación, sin perder los nervios, y con el máximo respeto.

6. Mis alumnos tienen derecho a conocer los criterios con los que les evaluaré, se los daré a conocer con claridad, para que sepan cómo han de trabajar, qué faena deben realizar, y qué peso tiene cada una de sus actividades en la nota global de evaluación.

7. Me preocuparé por dar a mis alumnos las oportunidades que marca la legislación vigente, para que puedan conseguir los objetivos académicos de cada curso.

8. Considero que hablar directamente con un alumno es la mejor manera de resolver cualquier malentendido o conflicto que pueda surgir.

9. Buscaré la colaboración de los padres, tutores, equipo de mediación del centro, o miembros del equipo directivo, para resolver cualquier conflicto con los alumnos, cuando no haya podido llegar a un acuerdo directo con ellos.

10. Me comprometo a respetar el Reglamento de Régimen Interno del instituto, y a cumplir y hacer cumplir las normas de convivencia aprobadas en los diferentes grupos de clase.

El documento se presentó en un claustro, después de haber sido estudiado por los departamentos. El rechazo a algunos puntos que planteaba, y la negativa a asumir la idea de que figurara junto al decálogo de obligaciones del alumnado fue tan importante que, tras una discusión inicial, se desestimó la propuesta de colocarlo en las aulas, sin llegar a votarla. Sí se decidió poner,  aunque no como se había previsto, sino en una versión reducida de seis normas, un documento que hacía referencia a  los deberes de los alumnos.

Debo decir que el centro del que hablo no es sospechoso de obstruir o limitar la participación de la comunidad; sin embargo, ¿puede ser indicativo de algo este hecho concreto que comento?

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10 comentarios to "El decálogo del profesorado, que no pudo ser"

Hola Juan Pedro, me parece muy significativo tu artículo. Hace muchos años, en torno a 25 o 26 años, coincidimos en Parla, en un colegio de nueva creación, el CP Pablo Picasso (aún existe como CEIP) un grupo de profesores, todos jóvenes en aquel entonces, y pusimos en marcha cantidad de proyectos (ver artículo sobre la educación en el futuro en mi blog) y algunos tratamos de promover todas las formas de evaluación posibles, desde la autoevaluación a la evaluación del profesorado por parte del alumnado, en una encuesta casi cerrada a completar con cruces (no recuerdo si guardo algún ejemplar). Se cambió la dinámica del centro, la relación con alumnos y con familias, pero de la evaluación del profesorado … “nunca más se supo”.
Curioso en un centro que destacó por progresista e innovador.
Un cordial saludo. Javier Perals.

Me parece, Javier, que hemos transitado caminos paralelos; más todavía, después de leer en tu blog el artículo que me indicas. Como tú, siento la frustración de haber soñado con un cambio que parecía posible entonces, y ahora intuyo más lejano. Cualquier avance en ese modelo de escuela que compartimos necesita más dosis de ilusión docente que disponibilidad de material didáctico. Quienes aún mantenemos la moral alta lo tenemos complicado, porque me temo que las nuevas generaciones no andan sobradas de ilusión, ni de deseos renovadores.
Un saludo, y un placer descubrir tu blog, que seguiré.

Como dices, una lástima. Hay días en que me avergüenzo de mi oficio y no es por los alumnos….

Querido Juan Pedro, me gusta el enfoque, aún cuando apoyarse tanto en la legislación tiene sus peros. Echo de menos en Educación un “juramento hipocrático”. Yo escribí el decálogo del buen profesor, con cierta ironía http://victorcuevas.es/educadores21/archives/150

Saludos

Sé positivo, Antonio, ya que a mí empieza a vencerme el pesimismo, y que no cunda el pánico. Me gusta pensar que los alumnos están siempre en su papel; los que estudian, y los que no lo hacen. ¿Podríamos decir lo mismo del profesor?

Genial tu decálogo, Víctor. Por desgracia, como dices en la apostilla final, el parecido con la realidad no es casual; más bien, tiene que ver con el miedo secular de los docentes a “perder” no sé exactamente qué (¿prestigio, autoridad?), con el reconocimiento de que determinadas maneras de enseñar ya no nos sirven, y con la sospecha de que también tenemos parte de responsabilidad en el hecho de que las cosas no funcionen como nos gustaría.
Un saludo

Un saludo desde Colombia, como enseño El Maestro; Por sus obras los conoceréis y agrega en otra píldora atómica; evita buscar el fallo ajeno y encuentra tus propias actitudes negativas, cambia y después si podrás ver claramente para corregir al otro.
Que tristeza que estas enseñanzas estén escondidas a los sabios eruditos y sean reveladas y usadas por los humildes valientes.
con aprecio por su valentía.

Saludos, y gracias por tu comentario, Edgar.

No es por llevar la contaria a nadie, pero ¿realmente crees que tanto “panfleto progrepedagógico” beneficia realmente al alumnado?. Estoy de acuerdo en algunos puntos: respeto, educación, corrección y mesura en el trato y actuaciones, pero encuentro normal que se rechazara de plano en el claustro (¡suerte que la mayoría de los claustros aún tienen entendimiento!), ya que jamás puede un docente ponerse al nivel de los alumnos (¿crees realmente que a mi como docente de me puede tratar como a un alumno? ¡Hasta dónde hemos llegado!), ni se les ha de disculpar por todo lo que hacen. Además, sintiéndolo mucho por alejarme de la “pedatontología” políticamente correcta actual, se tiene que dar cuenta la sociedad, y el alumnado en particular, que ha de existir una cultura del esfuerzo, y se ha de aprender a asumir los fracasos, ya que gracias a los errores y caídas que hemos tenido en nuestra vida, nos hemos forjado tal como somos ahora.

Creo que cualquier intento por democratizar los centros beneficiará al alumnado, al profesorado, y al trabajo que realizamos en común.
Profesores y alumnos tenemos asignados papeles distintos, y bien definidos. En función de ese rol que desempeñamos cada uno, tenemos derechos y deberes comunes, en unos casos, y diferentes, en otros. Por ejemplo, el alumno tiene el deber de estudiar, y nosotros el de enseñar, pero unos y otros tenemos el deber de respetarnos. Lo mismo ocurre con los derechos. Pero todo esto ya está regulado en los decretos sobre convivencia que publican las comunidades autónomas.
Te preguntas si se puede tratar igual a un docente y a un alumno. Yo diría que depende. Por ejemplo, si se sanciona a un alumno por faltas reiteradas de puntualidad o asistencia, ¿no se debería sancionar también a un profesor, si cometiera la misma falta? Desde luego, un alumno sería sancionado por un profesor, y nadie reivindica que un profesor pueda ser sancionado por un alumno, pero ¿tienen los alumnos derecho a quejarse y exigir la toma de medidas ante quien deba adoptarlas, si consideran que un profesor falta a su obligación?
Es posible que los profesores tengamos derechos propios, que no tienen los alumnos, pero no creo que sea educativo (y nuestra labor también es educar), transmitir al alumnado la idea de que podemos saltarnos nuestros deberes, y situarnos por encima del bien del mal, sin que ellos, que son la prioridad absoluta en nuestro trabajo, tengan la opción de denunciarlo.
Hablas de cultura del esfuerzo, pero no le encuentro sentido en este debate. Yo también la reivindico, y, desde luego, no veo que esté reñida con mi defensa de participación y democratización de los centros. A fin de cuentas, la exigencia del esfuerzo también debería ser común a profesores y alumnos, ¿no?
Por último, y respecto a tu referencia a la “pedatontología”, te diré que yo también estoy tan en contra de ella como lo estoy del corporativismo. Ahora bien, creo que no debería haber ningún profesor sin una mínima base de pedagogía.

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