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El esfuerzo: un gran timo educativo

Posted on: 10 octubre 2009

Esfuerzo es la palabra comodín para el docente. Nos sirve para explicar  suspensos: no se ha esforzado bastante. Para justificar aprobados  justitos: debería esforzarse más. Y para, supuestamente, animar al que obtiene buenos resultados: todavía no se esfuerza lo suficiente.

Aconsejamos esfuerzo para corregir malos hábitos y problemas de convivencia. Y achacamos a la falta de esfuerzo que no se hagan los deberes, los despistes en clase, o la no asimilación de contenidos.

Es un concepto fetiche al que acudimos cuando todo falla,  cuando algo no sale bien, o cuando no sabemos qué pasa.

No cuestiono que el esfuerzo es un valor, y reivindico su exigencia como una necesidad. Pero el abuso del término, su concepción como elemento aislado e independiente del proceso general de enseñanza-aprendizaje, y su demanda exclusiva al alumno, lo considero un exceso y un despropósito.

No parece razonable que dudemos del esfuerzo que realiza un alumno que se levanta todos los días a las siete, sube al autobús a las siete y media, y llega al instituto a las ocho u ocho y cuarto, justo a tiempo para comenzar las clases. Desde ese momento, y hasta las tres y diez que toma el autobús de vuelta a casa, no menos de siete profesores distintos le han pedido el deber, exigido atención, que demuestre interés, corregido errores, advertido por su comportamiento,  puntuado su actitud, evaluado sus respuestas, prohibido salir del aula, aguantarse hasta el recreo, soportar nuestras manías, y descubrir cómo entiende cada uno este proceso. Cinco días a la semana durante un curso completo.foto chicos en clase

¿Podrían los alumnos reclamar el mismo esfuerzo al centro y a sus profesores? Para  espantar sus miedos ante un incierto futuro, para  animarles a creer en un  mañana seguro, para disipar sus dudas respecto a la utilidad de lo que les enseñamos, para encontrar la manera de valorar lo que hacen, para dar sentido a lo que se les pide que estudien, para evitar la homogeneidad en un ambiente diverso, para diseñar horarios pensando primero en ellos, para asignar tutorías con criterios razonables, para no identificar esfuerzo  con examen, para que cada cual reciba lo que necesita, para ayudarles a encontrar lo que más les interesa, para tener voz y voto en un proceso en el que son protagonistas… ¿Podrían pedir algo así?

O el esfuerzo es compartido, o no es creíble. O es un esfuerzo a dos bandas, o es injusto. O es sinónimo de empeñosacrificio, y voluntad de andar juntos el camino, y juntos motivarnos para hacerlo, o es una excusa, un camelo, un timo, no parece que sea serio.

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21 comentarios to "El esfuerzo: un gran timo educativo"

Si esto lo leyeran unos cuantos que ahora me vienen a la cabeza……

Un saludo, DAni

No seas malo, compañero.
Un saludo.

Bueno, afortunadamente hay un momento en el que “no cuestionas que el esfuerzo es un valor”, (menos mal).
Pero vayamos por partes: un “alumno que se levanta todos los días a las siete, sube al autobús a las siete y media, y llega al instituto a las ocho u ocho y cuarto, justo a tiempo para comenzar las clases”. Pobrecita criatura. Mejor le dejamos llegar a la hora que quiera, ¿no? Por ejemplo, a las doce del mediodía. Entrar temprano por la mañana viene de siempre, no digas ridiculeces. Otros niños del mundo lo tienen infinitamente peor. Ir en autobús no supone ningún esfuerzo, al menos intelectual, por lo que no tiene nada que ver con los profesores que verán al entrar.
“Desde ese momento, y hasta las tres y diez que toma el autobús de vuelta a casa, no menos de siete profesores distintos le han pedido el deber, exigido atención, que demuestre interés, corregido errores, advertido por su comportamiento, puntuado su actitud, evaluado sus respuestas, prohibido salir del aula, aguantarse hasta el recreo, soportar nuestras manías, y descubrir cómo entiende cada uno este proceso. Cinco días a la semana durante un curso completo”. ¡¡Enhorabuena, lince!! ¡¡Has descubierto tú solito lo que es la escuela, en qué consiste aprender!!! Pobres niños desvalidos… No les pidamos deberes, dejemos que chillen en el aula como animales, (de hecho, ya ocurre así gracias al “buenismo” de tanto iluso como tú); si les apetece levantarse, que lo hagan, y que entren y salgan enmedio de las explicaciones, claro que sí… Ningún niño aguanta las manías de ningún profesor, más bien es al revés en la escuela actual… En fin, mira, no puedo estar más de acuerdo contigo: cerremos los colegios, libertad de horarios, que los profesores no exijan ni lo más mínimo y que los conductores de autobuses se den una vuelta cada media hora por los domicilios de los chavales para ver si esa es la buena para la recogida.
Tú si que no eres creible, machote; tú y toda esta parafernalia pedagógica del paternalismo mal entendido. ¡¡¡¡La de profesores excelentes y QUE SE ESFUERZAN que conozco que estarían descojonándose de tanta chorrada como se escribe en internet.
PD: No te ofendas por el tono, es el resultado de la educación que propones. Y agradece que no te insulte: es un vestigio de la antigua educación donde los niños no eran los reyes de España.

Agradezco, Alfonso, que hayas pasado por esta página, y tu comentario. Por empezar por el final, te diré que no me ofendo. Cuando alguien expone en público sus opiniones agradece y acepta que otros las rebatan.
Dices que el tono de tu comentario es el resultado de la educación que propongo. No lo creo. La educación que propongo, y a la que dedico todo mi esfuerzo, como hacen también esos otros profesores que tú conoces y no coinciden con mi visión de la docencia, aboga por el respeto, la crítica constructiva, el análisis serio y reflexivo, y la exposición asertiva de las razones que nos llevan a estar a favor o en contra de planteamientos diferentes a los nuestros. Tu manera agria de debatir me parece más el producto de una educación, que yo mismo padecí, que nos ha hecho acumular una rabia inmensa, cierto deseo de mal-tratar a otros, como otros nos mal-trataron a nosotros, y, posiblemente, una profunda frustración. Todo se aprende, incluso lo que enseñamos de manera inconsciente, incluso lo que nos enseñaron sin ser conscientes de que lo aprenderíamos.
Verás, Alfonso, en la educación que yo propongo el niño es, sin duda, el centro del universo. Mi trabajo carece de sentido si no es porque existen alumnos a los que debo formar: instruir y educar; y me debo absolutamente a ellos, como un médico se debe a sus pacientes, o un mecánico al coche de su cliente, si es que deseo ser consecuente con la faena que me han encargado, y por la que cobro un sueldo. Mi trabajo existe por ellos, y trabajo para ellos.
Ese lugar central que les concedo no supone, sin embargo, una patente de corso que les autoriza a comportarse como les da la gana, y a hacer lo que quieren cuando quieren. Eso sería maleducarles, algo que no puedo permitir, porque deseo realizar mi trabajo lo mejor posible. Tus comentarios “Pobres niños desvalidos… No les pidamos deberes, dejemos que chillen en el aula como animales,…”, o “…cerremos los colegios, libertad de horarios, que los profesores no exijan ni lo más mínimo…” me parecen demagógicos, falaces, frívolos, y, desde luego, nada ajustados a lo que defiendo. No entiendo cómo puedes interpretar mi artículo en esos términos.
Debemos exigir al alumno, y hemos de inculcarles el hábito del trabajo y el esfuerzo. Es necesario, también, que les enseñemos el respeto a las normas, y la práctica de valores que consideramos ética, social y moralmente importantes. Y es fundamental que les ayudemos a adquirir una competencia académica y social que les permita integrarse de manera adecuada en el mundo que existe más allá del instituto. La cuestión es: ¿cómo lo hacemos?
No sé si la manera que propongo, ensayada por otros, y compartida como es lógico por muchos, será la más adecuada para conseguir esos objetivos, pero es diferente a otras que ya han demostrado su incapacidad para lograrlos; y, cuando algo falla, ¿para qué insistir en ello? Mejor probar otra cosa.
Hay contenidos que sólo se aprenden con la práctica: a respetar, respetando; a participar, participando; a ser solidario, colaborando, etc… En esa práctica, los protagonistas deben de ser los alumnos, y los profesores debemos facilitarla, ordenarla, planificarla, guiarla y evaluarla.
Verás, la diferencia entre lo que yo propongo, y lo que parece que propones tú, es que mi modelo no tiene inconveniente en reconocer el esfuerzo extraordinario y la profesionalidad de los profesores que trabajan de manera diferente, mientras que tú te limitas a descalificar sin argumentos, ironizando sobre un tema que, en mi opinión, admite pocas bromas, cuando criticas el modelo que defiendo. No dudes que, a pesar de nuestro discutible “buenismo” y de nuestra actitud ilusa, quienes defendemos que la profesión docente debe dejarse impregnar por un poco de pedagogía, pretendemos lo mismo que quienes rechazan esa posibilidad, sin renunciar a lo mismo que otros defienden, pero tratando de adaptar el método a los tiempos. No parece de recibo que yo plantee mis clases, ni pretenda ejercer mi profesión como lo hicieron mis profesores, por mucho que existan propuestas concretas que me sigan aprovechando.
¿Esfuerzo? Sí. Pero también esto es una cuestión de práctica, de la que los profesores debemos dar ejemplo. No creo que los problemas que atraviesa la educación se deban, exclusiva y fundamentalmente, a un problema de falta de esfuerzo del alumnado, por mucho que también sea una variable a considerar.

Mi manera agria de debatir es una pose. No tengo ninguna rabia acumulada, al menos hasta que entré en la docencia y vi lo que han conseguido los paternalismos y fantasías que salen de las facultades de psicopedagogía. En lo que posiblemente aciertes de pleno es en lo de la frustración, la de ver en qué se ha convertido la escuela actual sin poder hacer nada para remediarlo.
Verás, lo que dices de “respeto, la crítica constructiva, el análisis serio y reflexivo, y la exposición asertiva de las razones que nos llevan a estar a favor o en contra de planteamientos diferentes a los nuestros” lo suscribe cualquier persona con dos dedos de frente, evidentemente. Pero nada de eso hay en muchas aulas que conozco: las faltas de respeto son increíbles; el análisis serio queda eclipsado enmedio de un mar de chillidos y pasotismo; etc. Es posible que no haya pillado el sentido de tu artículo, pero no hay nada de demagógico ni falaz en el panorama: el panorama en muchos institutos, al menos de Andalucía, es desolador. Curiosamente, los destinos de estos centros están todos regidos por criterios que salen de las facultades de psicopedagogía, empezando por el timo de las competencias básicas.
“Debemos exigir al alumno, y hemos de inculcarles el hábito del trabajo y el esfuerzo”. Reconocerás que es difícil llegar a la misma conclusión a que tú has llegado en el segundo mensaje cuando el título del primero es “El esfuerzo: el gran timo educativo”. Lo releo, y sigo viendo paternalismo barato, no veo la exigencia de que hablas.
Hablas de que otras maneras han fallado para hacer de los alumnos seres competentes académica y socialmente. Con respecto al asunto social, esto sí que es una gran falacia de la pedagogía moderna: el pensar que yo, un señor calvo y con gafas, que da música, voy a aparecer de repente en la vida de un adolescente, un par de horas a la semana, y a influir decisivamente en su vida, (si es violento, tendré que enseñarle a dejar de serlo; si no es asertivo en su vida social, corregirle). Esto sí que es de una inmensa presunción, demagógico y lo que tú quieras. Yo lo que podré será enseñarle un poquito de música, y es muchísimo pero a nadie le basta. ¿Por qué han fallado otras maneras de hacerlo? La humanidad lleva transmitiéndose conocimientos durante milenios hasta que habéis aparecido los pedagogos a enseñar cómo se hace. Es al revés, querido amigo: en el aspecto académico su sistema se revela como un completo fracaso: los niños no saben nada; pero nada, nada, nada, nada, (y ni siquiera son mejores seres sociales, de hecho hay un índice de delitos adolescentes superior al de cualquier otra época).
Iluso, sí, pero en grado máximo. Te pondré un ejemplo, no sé si acertado. Para que un intérprete musical vuele sobre sobre su instrumento con la máxima expresividad, con la misma esencia de su personalidad manifestándose en plena cima artística, (el equivalente para un docente de un logrado ” respeto, la crítica constructiva, el análisis serio y reflexivo, y la exposición asertiva de las razones que nos llevan a estar a favor o en contra de planteamientos diferentes a los nuestros” por parte de sus alumnos), para lograr eso, decía, antes ha habido que pasar miles de horas practicando escalas, ejercicios aburridos sometido a una disciplina estricta y guiado, sin más, por alguien que sabía más. Disciplina, estudio y esfuerzo como base para cualquier otra cosa, y dejémonos de que yo les tengo que enseñar a treinta niños a “ser persona”, (frase que les encanta a los orientadores) Me recuerdas a una jefa de estudios imbuída de pedagogía moderna que abogaba por el trabajo grupal, la interconexión de las competencias básicas y toda esa palabrería que os gusta, y yo veía alarmado que los niños no sabían leer ni escribir y apenas entendían cosas básicas de matemáticas. Y he dicho bien: palabrería, puesto que no hay ningún experimento empírico que demuestre que vuestra pedagogía funciona, (más bien al contrario).
“No parece de recibo que yo plantee mis clases, ni pretenda ejercer mi profesión como lo hicieron mis profesores”. La novedad a toda costa, ¿no? Da igual el modelo, ¡¡hay que cambiarlo!! No sólo presumes que nuestros profesores fueron malos profesores, sino que te apuntas a otra de las grandes tonterías del pensamiento posmoderno. ¡¡¡Don José, aquello sí que era un profesor!!! ¡¡¡El más exigente, y el mejor!!! Si le hubiera dicho que ese día no traía los deberes porque venía cansado del autobús, seguramente me habría mandado a una facultad de psicopedagogía. Y ya basta, que nuestras posturas son irreconciliables. Se me ocurre una manera de hacerle cambiar de opinión: enciérrese usted en determinadas aulas e intente hacer que los chavales aprendan algo. En cambio, a mí no me la da. Llevo demasiados años viendo lo que su pedagogía, (la que informó la Logse), ha hecho por los chavales de este país. Saludos

Bueno, Alfonso, a pesar de tu “Y ya basta, que nuestras posturas son irreconciliables”, espero que no te moleste concederme un penúltimo turno de amistosa réplica.
No he pretendido descalificar a nuestros profesores, que posiblemente con la mejor intención hicieron lo que pudieron en aquella época; de hecho, recuerda que señalo en mi comentario anterior que “algunas propuestas concretas me siguen aprovechando”. Yo también tuve profesores exigentes que, además, me educaron, a los que trato de imitar; y, otros, que sólo me enseñaron su asignatura, a algunos de los cuales, desafortunadamente, no consigo olvidar.
Estés de acuerdo conmigo o no, te aseguro que tus alumnos aprenden de ti más de lo que tú crees que les enseñas, que no es sólo música, por mucho que esos otros conocimientos no los hayas programado y los “impartas” de manera no consciente.
No creo que los adolescentes sean ahora peor que antes, pero seguro que hay más en las aulas, porque todos tienen el derecho y el deber de asistir a un centro educativo, y antes no. Por eso es necesario, en mi opinión, cambiar un poco el chip docente: tenemos alumnos que no quieren estar en el instituto, y no podemos enfrentarnos a ellos de la misma manera que lo hacíamos cuando enseñábamos a quienes voluntariamente habían decidido estudiar. Diferentes problemas, diferentes soluciones.
Termino, y disculpa si me pongo pesado. Permíteme que te cuente en dos lineas mi última experiencia. Como tú sabes, en los institutos suele asignarse la clase más complicada a los compañeros interinos, provisionales, etc., mientras que los definitivos eligen, si pueden, las menos problemáticas. Este año nos advirtieron del centro de primaria que llegaba un grupo de alumnos “imposibles”, por su comportamiento, y por su bajo nivel académico. En lugar de adjudicárselo a las dos provisionales que venían al departamento, que lo podíamos haber hecho, decidimos coger el grupo, que se ha mantenido homogeneo (24 alumnos ciertamente imposibles), entre otro compañero también definitivo y yo. No es este espacio el lugar adecuado para comentarte el trabajo que estamos realizando, que se parece en poco al que desarrollaron conmigo algunos de aquellos profesores exigentes que tuve, pero créeme si te digo que es de lo más gratificante que estoy haciendo en mis ya muchos años de docencia. Y no es el primer año que lo hago, seguramente porque saben que me gusta hablar de estas cosas, y me “animan” a coger grupos así. Por tanto, no soy pedagogo de despacho, ni hablo por hablar.
En fin, estoy convencido de que no te voy a convencer de nada (no lo intento, por supuesto), ni tú podrás cambiar mi punto de vista, aunque entiendo y respeto tus reservas.
Tal vez te consuele saber que, hace cuatro mil años, en la antigua ciudad de Ur, alguien escribió en una tablilla que ha llegado a nuestros días este comentario: “Nuestra sociedad está perdida si permite que continúen las acciones inauditas de las jóvenes generaciones”. Y en eso estamos todos, tú y yo, estoy convencido.
Un saludo

La verdad es que creo con toda sinceridad que, estadísticas de algunos salvajes al margen, los jóvenes son los mismos que hace cuatro mil años. Definitivamente, somos los adultos los que nos hemos vuelto gilipollas en lo que respecta al trato hacia ellos.
Y tampoco tengo muchas dudas de que, con los medios que hoy tenemos, no hubo nunca una generación de jóvenes tan patéticamente analfabeta.
Como sabía usted que era el penúltimo, ¿eh? je, je, je

Y lo siento: ese último “como” debe llevar tilde. Para ser usted pedagogo, hay que reconocer que escribe sin faltas de ortografía, el primero que conozco

Bueno, lo tuyo con los pedagogos es de juzgado de guardia. Cómo es posible que aproveches incluso tu última intervención para lanzar semejante puya. Algún día tendrás que contarme esa experiencia tan terrible que debes haber tenido con ellos.
En fin, ha sido un placer debatir contigo. Espero volver a verte por aquí, pero sin el “usted”, por favor, que andamos en la misma trinchera.
Un saludo.

Esa terrible experiencia son los años que llevo dando clase desde que entró la Logse, (un invento pedagógico, como todo el mundo sabe). Figúrate si sois perversos, que hasta os habéis apropiado de la misma palabra “pedagogo”. Según el DRAE, el pedagogo es el que educa a niños, y la mayoría de los de las facultades de psicopedagogía ni siquiera los ven de cerca. Ahora, los verdaderos pedagogos, los profesores que se parten el pecho en las aulas, no saben los pobres las mágicas recetas que ustedes, (vosotros), proponéis. Además, estoy harto de oir que los profesores lo hacen mal porque no saben pedagogía; que siguen modelos desfasados, etc. ¿Dónde están los maravillosos resultados que han conseguido ustedes? Hasta un orientador licenciado en psicopedagogía, (en Murcia, creo) me confesó que, después de ver el trabajo de los profesores, (los de verdad), se sentía un poco engañabobos. Bah, bah, y bah… Experiencia terrible, desde luego, querido amigo. Las palabras, a veces, son traicioneras: “tenemos alumnos que no quieren estar en el instituto, y no podemos enfrentarnos a ellos(….). Diferentes problemas, diferentes soluciones”. “Enfrentarnos”, yo no quiero enfrentarme a nadie, ni hacerle perder su tiempo, ni el mío; ni, sobre todo, el de aquellos alumnos que sí quieren estudiar y sacar lo mejor a que puede aspirar el ser humano: a la excelencia superándose a sí mismo. Eso sí que es igualdad de oportunidades, y no encerrar a todo el mundo seis horas al día de sinsentido. Sinsentido que cobra su máxima expresión cuando aparece el orientador con sus absurdos test, (de los que los propios críos están hasta los cojones); o esos jóvenes aprendices de psicopedagogo que vienen a dar charlas y a los que apenas se escucha entre grito y grito.

Ah! La Logse. Esa ley que nunca se llegó a aplicar, porque la administración no supo dotarla de recursos para hacerla posible, porque no se preparó al profesorado para que pudiera desarrollarla, y porque un sector mayoritario del mismo profesorado se empeñó en que no servía, sin darle una oportunidad. Yo diría que fue un fracaso su implantación, pero no las propuestas que realizaba, que nunca se llegaron a aplicar. ¡Quién sabe qué hubiera sucedido!
Respecto a tu crítica a los psicopedagogos, te recuerdo que soy pedagogo de aula; es decir, lo mío con la pedagogía fue posterior a mi incorporación a las aulas, porque pensé que podría ayudarme en mi trabajo, y así es. Yo reivindico la pedagogía para el docente, no tanto la pedagogía de despacho, aunque considero fundamental en un centro la labor de los orientadores, que casualmente son psicopedagogos. Me parecería muy interesante que quienes estudian Inglés, por ejemplo, para dedicarse a la traducción e interpretación tuvieran una vía distinta de formación que quienes lo estudiamos para dedicarnos a la enseñanza del Inglés. Igual debería suceder con cualquier otra disciplinal. No es lo mismo estudiar química para trabajar en un laboratorio que hacerlo para transmitir conocimiento a alumnos que se ven obligados a estar en clase. Te aseguro que me ha servido la pedagogía para saber responder a los retos que plantea un grupo de 30 adolescentes, algo que no necesita un investigador.
Lo de “enfrentar” lo interpreto como otra puya de las que ya veo que gustas poner. En ese diccionario que consultas verás que una de las acepciones de enfrentar es “afrontar”; es decir, poner frente a frente, no necesariamente pelear. Lo que hacemos cada día en un aula es eso, ponernos frente a quienes esperan algo de nosotros; tal vez, que les echemos un cable que les ayude de alguna manera. Hasta que, por algún motivo, dejan de confiar en nosotros, creo que la mayoría de los alumnos, (ya sé, ya sé que no todos) imaginan que somos las personas que les enseñaremos lo que otros no han podido o sabido enseñarles. Ése sí es un reto que debemos enfrentar en el sentido de pelearlo como podamos.

Dani, eres un charlatán de los malos. Metete en una clase de secundaria y deja de difamar al profesorado.

Es eso ni más ni menos, charlatanería pura y dura. Lo que no entiendo es cómo estos sujetos han conseguido alzarse con el “poder”. Ahora sin asomo de ironía: seguid con esta mierda pedagógica, ya se ha ido todo al cuerno. Los chavales que antes no estudiaban ahora siguen sin estudiar, pero obligados a perder el tiempo. Y los que sí estudiaban, ahora no estudian o se ven limitados a contenidos ridículos. Hay asombrosas faltas de comprensión lectora, matemática…de todo. Seguid con vuestras charlitas, seguid.
PD: No es “puya”; es “pulla”.

“La Logse. Esa ley que nunca se llegó a aplicar, porque la administración no supo dotarla de recursos para hacerla posible, porque no se preparó al profesorado para que pudiera desarrollarla, y porque un sector mayoritario del mismo profesorado se empeñó en que no servía, sin darle una oportunidad. Yo diría que fue un fracaso su implantación, pero no las propuestas que realizaba, que nunca se llegaron a aplicar. ¡Quién sabe qué hubiera sucedido!”

El mito de la revolución pendiente. Muy recurrente para justificar fracasos estrepitosos. Muchos lo han aprendido de la monstruosa experiencia soviética, replicando “Es que Lenin murió prematuramente y a Trotsky le impidieron hacer nada”. Como si ambos individuos fuesen menos fanáticos que Stalin, o más humanitarios.

El primer requisito de cualquier proyecto de carácter social es que sea realista y viable. Las buenas intenciones por sí solas no bastan; de hecho, todo plan plagado de utopías siempre termina enfrentándose con dramatismo a la realidad humana, bastante resistente a las simplificaciones. En el caso de la LOGSE y posteriores sucedáneos los resultados de tal enfrentamiento han sido devastadores, tras veinte años de alucinada ingeniería social.

Lenin, Trotski, Stalin… ¿Todavía andas por ahí, Discépolo? Te aseguro que no vas bien orientado, es más fácil que todo eso. Sin embargo, sí tienes razón en una cosa, es necesario que algo cambie en la educación puesto que tantos, y desde tantos puntos de vista diferentes, estamos de acuerdo en que no funciona. Creo que no haría falta una revolución, pero sí sería necesario que nos pusiéramos de acuerdo en qué cosas no pueden seguir como están. Y, cuando falla algo en un proceso en el que participan varios, hay que buscar la parte de responsabilidad que corresponde a cada uno, y actuar en consecuencia. Familias, alumnos, profesores, administración… cada cual es responsable en la medida que le corresponda de que el sistema no funcione; y cada cual, por tanto, nos tendremos que aplicar el cuento. Me parece que es simplista en exceso achacar los malos resultados educativos única y exclusivamente a la falta de esfuerzo del alumnado, aunque pueda ser ésta, en muchos casos, una de las causas principales.

Pues es que es bien simple, Juan Pedro Serrano. Dime tú qué es lo que hago mal, dímelo tú de una puñetera vez. Llevo dando clases años y años. Te lo explico: entro en el aula, a la hora puntual; vestido decentemente; con un lenguaje que casi nunca pierde la calma, ni aun en los momentos más surrealistas. Comienzo la clase: nadie me hace ni puto caso. Será que se aburren, pienso, habrá que enfocarlo de otra manera. Hoy tocamos instrumentos, fuera la teoría. Un escándalo insufrible, nadie me hace ni puto caso. ¿Tal vez la informática musical? Nada, pasotismo general, nadie me hace ni puto caso, (unos pocos). Pregunto a compañeros: oye, ¿os pasa esto? A algunos sí, a otros menos, pero en general descontento por el mismo problema. Llego a mi casa. Me quedo pensando: ¿qué es lo que hacemos mal tantos profesores? ¿Será que no tenemos en cuenta todas las gilipolleces de la pedagogía? ¡¡¡Incluso los que las tienen en cuenta tienen un panorama similar!!! Anda ya, anda ya y anda ya. Cuando me dejen hacer mi trabajo, haré esa autocrítica de que hablas. Mientras tanto, ni puedo intentarlo

¿Buscar culpables? ¿Para empapelarlos? La cosa se puede resumir en un par de líneas, quizás en menos: La principal premisa que ha de exigirse a todo proyecto es que sea realizable. Y ni la LOGSE ni sus herederas lo son ni lo serán. Por mi parte, si hubiera de buscar culpables los últimos serían los alumnos, verdaderas víctimas de este desatino. Esos alumnos a los que algunos se empeñan en tratar como a idiotas angelicales, y que a veces nos dan lecciones de sentido común.

El ejemplo de Lenin y Stalin surge de algo más que de una posición política. Son dos individuos modélicos en lo que a ingeniería social se refiere, “cirujanos de hierro” empeñados en salvar a la humanidad… a costa de los individuos.

“… El optimista puede conducir a su país a las peores catástrofes. No tarda en reconocer, en efecto, que las transformaciones sociales no pueden llevarse a cabo con la facilidad que él había supuesto; echa a sus contemporáneos la culpa de sus fracasos, en lugar de explicar la marcha de los acontecimientos por las necesidades históricas; y le entran tentaciones de hacer que desaparezcan las gentes cuya mala voluntad le parece peligrosa para la felicidad universal. Durante el Terror, los hombres que más sangre hicieron correr fueron aquellos que tenían el más vivo deseo de que sus semejantes llegasen a gozar de la Edad de Oro con que ellos habían soñado, y que asimismo mayor preocupación tenían por las miserias humanas: optimistas, idealistas y sensibles, se mostraban tanto más inexorables cuanta mayor era su sed de felicidad universal.”
GEORGES SOREL

En realidad, aquí sirven las dos, Alfonso. Aunque es cierto que la pulla hace más referencia a lo que se dice, quédate con el sentido figurado de la puya como instrumento para herir y castigar. A tenor de vuestras intervenciones (parece que otros amigos se unen al debate), y de vuestra actitud agresiva, rozando casi la falta de respeto que nunca encontraréis en mi réplica, ésta parece ser la finalidad de vuestra participación en este blog, que no está pensado para la descalificación y el insulto, sino para la reflexión y el análisis de temas relacionados con la educación.

Una salida poco original, Juan Pedro, la de la “agresión”, cuando no se tiene nada que decir. No veo dónde puedo haberte insultado, a menos que la inseguridad de tus posiciones te haga percibir como “agresivo” cualquier intento de discusión sobre las mismas.

Y es de la enseñanza de lo que hablamos. Una institución tan intoxicada de política (de la mala) en las últimas décadas que enseguida tendemos a tomar posiciones en la trinchera.

Indignante

Uno de los momentos mas curiosos vividos en mi trabajo fue cuando un pedagogo que nos había guiado, orientado y abierto los ojos durante un año tuvo que hacer una guardia en 2º de la ESO francamente fue un momento glorioso ,ver a ese genio desarrollar todas sus habilidades delante de los alumnos, aplicando toda la teoría aprendida , una lección para todos los que acudimos al escuchar sus gritos desesperados al intentar controlar el caos en el que se había convertido la clase .
Juan Pedro tus argumentos resultan decepcionantes ( te ha faltado una mención a los reyes godos) te atrincheras en los dogmas pedagógicos de siempre y por supuesto cuando los hechos te contradicen (el fiasco de la LOGSE) aplicas el remedio de “no hubo los suficientes medios” .
Resulta curioso que la mayoría de los grandes gurús de la pedagogía sean profesores de salón (como tu bien sabes). Genios de la educación que abandonaron las aulas para iluminar el camino a los torpes docentes ,

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