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Pedagogía de la afectividad

Posted on: 8 mayo 2009

Un grupo de compañeros y compañeras nos reunimos para imaginar ideas que nos permitan disfrutar más con nuestro trabajo en la escuela.  Analizamos comportamientos de alumnos y profesores, debatimos sobre las causas y consecuencias de los conflictos que se producen en los centros educativos, buscamos cómo actuar para prevenirlos y resolverlos, y estudiamos las dificultades para la puesta en marcha de determinadas estrategias de funcionamiento en nuestras escuelas e institutos.

Hablamos mucho sobre las necesidades de los alumnos, y de cómo educar al profesorado para que sea capaz de detectarlas, atenderlas, y comprometerse con un trabajo que va más allá de la mera instrucción. Tal vez, porque somos “un grupo de blandengues” nos ha dado por reivindicar la pedagogía de la afectividad, y estamos convencidos de que los alumnos aprenden más, y los profesores enseñamos mejor, si trabajamos las emociones, los sentimientos, y añadimos una pizca de amor a lo que hacemos.
Personalmente, sin embargo, considero difícil una propuesta como la que se sugiere si no incluye al profesorado, y se dirige a él con el mismo entusiasmo que se dirige al alumnado.
No es fácil para un docente ofrecer lo que no tiene: ¿cómo regalará afecto quien recibe hostilidad?, ¿cómo se mostrará solidario quien sólo percibe egoismo?, ¿cómo manifestará amor quien se siente odiado?, ¿cómo pedirá comprensión el intransigente?, ¿cómo demandará cooperación el desinteresado?, ¿cómo transmitirá alegría quien derrocha tristeza?
Para no sucumbir al desánimo y la frustración, para no quemarnos, y para poder ofrecer lo que recibimos a todos los que nos rodean, necesitamos el apoyo de nuestros compañeros, la palabra agradable, el saludo en el pasillo, el comentario intrascendente en la sala de profesores, el gesto cómplice, el reconocimiento de un trabajo concreto, la felicitación por la actividad desarrollada, el interés por una propuesta comentada, sentir que formamos parte de un proyecto común, que importamos, que se nos tiene en cuenta, que alguien nos ha mirado y nos ha sonreído, que nos han criticado porque nos quieren mejores, que no somos invisibles, que el problema de uno es el problema de todos, que somos un equipo.
La escuela es un conjunto de personas que se emocionan y sienten. Los profesionales de la enseñanza somos los encargados de conseguir que esta realidad se refleje en el trabajo diario con los alumnos, pero también en el contacto  cotidiano con nuestros compañeros.
Todos necesitamos sentirnos queridos, y no hay nada como enseñar con el ejemplo.

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